16 de noviembre de 2015
El cyberpunk tuvo su auge durante mediados de los 80 y los 90, aunque goza de buena salud en la actualidad. Género de ciencia ficción distópica y noir, sus rasgos principales incluyen un mundo tecnológico con grandes diferencias de riqueza, escaso cuidado por el medio ambiente, trasfondo de agitación social, gobiernos corruptos y por supuesto la parte punk.

Pero no voy a contarte lo que es el cyberpunk, no, hoy vengo a decirte en qué predicciones acertó esa primera ola de los 80 y 90. Hoy vengo a contarte en qué y por qué tenían razón. Y como eso nos coloca en el lado de los futuros no deseables del espectro predictivo de la ciencia ficción.

shibuya night
8 de noviembre de 2015
―Ese ya es el tercero―preocupación en la voz de Sergio.

Víctor apartó el vaso de café. Lo apoyó sobre la mesa entre papeles, cables y pedazos de tecnología analógica. Le dio un par de vueltas, notando el calor a través del papel parafinado. Sergio estaba pálido, igual que él.

―Bueno, no lo va a empeorar―Víctor llevó el vaso a los labios y bebió mecánicamente.

psicoimagen

Miró la imagen en bucle del viejo televisor de tubo de rayos catódicos, se le pusieron los pelos de punta. Nunca se lo habían creído, no al principio al menos. Como buenos escépticos habían considerado que la única manera de comprobar los fraudes era intentando reproducir los experimentos. Una excusa, en realidad, para tontear con los voluminosos restos de tecnología de los noventa que medio barrio guardaba en sus garajes. Con un par de grabadoras de su colección reciclada, se colaron en el sanatorio abandonado y las colocaron allí. Encontraron las voces. Y cuando preguntaron, recibieron una respuesta.

Sergio miró de nuevo a las imágenes: caras atrapadas en las interferencias de retroalimentación de la imagen. Según su teoría, ondas errantes de emisiones perdidas que se materializaban en forma de imágenes aleatorias. Bueno, no explicaba los resultados de esa noche.

―Otro café―Víctor se levantó y paseó por la habitación a oscuras.

Le temblaban las manos. A Sergio también.

―Mi vieja toma lorazepam, igual...―apuntó.

Víctor le miró, se formó un amago de sonrisa en su cara. Volvió a ponerse frente al televisor. Allí estaba su propio rostro, deformado pero reconocible, castigado por la edad. Tendría unos cuarenta en aquella imagen fantasmal, frente a su propio yo de veinticinco que miraba a la televisión, congelado. Ellos habían conseguido algunas, borrosas y de mala calidad. Pero aquella, el Víctor cuarentón, era parte de una colección capturada por un grupo de aficionados a finales de los ochenta. Víctor había nacido en 1992.

―A lo mejor sólo se parece a ti, ¿sabes?

―No me jodas, mira los ojos. No es mi padre, ni mi abuelo. Soy yo.

Silencio, Víctor fue a tomarse otro café. Sergio se sentó frente a las grabadoras y el radiocasete. Play: ruido de interferencia y lluvia blanca, la voz de Víctor pregunta.

―¿Dónde están? ¿Quiénes son?

Un eco, una voz ronca malformada, vagamente masculina.

―...estamos al otro lado...

Fin de la grabación, Víctor se quedó mirando a Sergio, paralizado. Dejó caer el vaso de café.

―Ya sé lo que es―miró su propio yo distorsionado de cuarenta años―están al otro lado. Pero lo entendimos mal, más allá de aquí no hay nada―miró a Sergio, temblando―Nada, el vacío, ¡nada! Nos advierten. Por eso estoy yo ahí. ¡No son los que se han ido, son los que estan por llegar!
5 de noviembre de 2015
Cargó para empujar con todo el cuerpo el portón, pesado acero forjado y cristal con rejas. El aire de la mañana estaba húmedo, rodeó el edificio y caminó por la calle trasera que atravesaba varios bloques clónicos. Las paredes de hormigón liso estaban salpicadas de grafitis, escritura casi cuneiforme incomprensible para él. Folletos coloridos y octavillas de papel barato con prostitutas en blanco y negro alfombraban el asfalto. Gruesos ligados de cables colgaban de las fachadas, saltando de una a otra por encima de su cabeza, serpientes de plástico negro.