16 de diciembre de 2014
         Un pequeño salto de cuarenta y cinco centímetros de ancho puede resultar espantosamente difícil. Sobre todo si te tropiezas jadeando con el parapeto de hormigón de una azotea. Puede ser aún más jodido cuando esos cuarenta y cinco centímetros están entre edificio y edificio, con una caída de novecientos metros (unos trecientos setenta pisos, más o menos). El espacio, y no sólo el tiempo, resultan relativos para el observador.

hueco edificios

         Aquel pequeño salto era un abismo terrorífico para Lord. Se apoyó contra el muro-al menos su abdomen, que se aplastó sacándole todo el aire de los pulmones-y sus manos se aferraron al hormigón húmedo y pegajoso. Sus ojos miraron al vacío neblinoso y lanzaron una señal de pánico al cerebro. Pero tenía que seguir, a su espalda escuchó los pitidos sintéticos de las radios y el ruido de las botas de puntera metálica que utilizaban los policías.


         Se subió al muro, haciendo gala de una torpeza preocupante, y después se balanceó adelante y hacia atrás ridículamente, calculando la distancia como esos gatos gordos de los videos que veía cuando fumaba. Esperaba no tener el mismo resultado, mucho menos hilarante cuando se trataba de una caída tan larga. Aunque quizás, en algún lugar, en algún momento, alguien hasta el culo de thc se reiría con el video de su caída. Con cada balanceo notaba en su espalda, dentro de la mochila, el tintineo de las tarjetas de memoria flash y el golpear rítmico de los libros autoeditados con tapas de cartón de las obras reunidas de Noam Chomsky.

         Siguió agazapado en el muro, con el aire frío y el miedo arrancándole lagrimones de la cara, pensando por qué demonios había decidido pasarse por la mediateca clandestina aquella tarde. Normalmente él trabajaba en casa y entregaba los encargos en cualquier bar del este de la ciudad. Para infundirle un poco de valor, dos policías irrumpieron en la azotea y le encañonaron gritándole algo sobre estar detenido. Lord hizo su primer salto de fe. En los escasos instantes en los que ninguno de sus pies estuvo tocando tierra firme deseó con todas sus fuerzas que fuera el último.

         Sus botas de montaña destartaladas resbalaron en la azotea opuesta y su cuerpo continuó con la inercia hasta que su barbilla tuvo el solemne y doloroso deber de frenar la caída. Sólo tuvo tiempo de comprobar que tenía la cara entera, corrió agazapado y atravesó la primera puerta que vio. Madera barata, crujió y se hizo astillas incluso con el débil placaje de su cuerpo flacucho. Los policías no le siguieron, quizás no cobraban tanto como para saltar aquellos cuarenta y cinco centímetros que la relatividad subjetiva hacía kilométricos.

         Escaleras abajo se topó con un respiradero que daba al edificio contiguo. ¡Un golpe de suerte! Al menos no saldría por la puerta que esperaban. Se lanzó al estrecho agujero y percibió un movimiento sutil y desagradable cuando las cucarachas vieron invadido su santuario. Lord empezó a dejarse caer por el estrecho agujero vertical, incrustado su cuerpo entre los ladrillos llenos de musgo y la película negra que olía a aceite de freír rancio. Luchaba para no vomitar, el calorcillo húmedo de la sangre que manaba de su barbilla le empapó el cuello de la camisa. Fue entonces cuando escuchó el rumor de la televisión en algún salón.

<<Más de cien detenidos en una nueva operación policial contra el terrorismo anarquista. Efectivos de la Unidad de Protección...>>


         Con un poco de suerte él no saldría junto a los demás en la marquesina con las noticias importantes que ponían mientras hacían un exhaustivo dosier sobre la jornada deportiva. Siguió deslizándose, ya casi veía el fondo, y a buena hora, sus rodillas estaban amenazando con fallarle. Resopló, él y la gente de la medioteca, ¿terroristas anarquistas? Nunca habían puesto una bomba, ni detenido o encañonado a nadie. Quizás habían actualizado una vez más el diccionario para incluir el hacer preguntas incómodas y plantear una economía diferente como abominables actos de terrorismo. La Verdad, y no sólo la Justicia, adoptan una forma espantosamente relativista para el Estado. 

2 comentarios:

lnnrt dijo...

Casi siento el alivio del prota al final, de mierda hasta arriba pero vivo para contarlo. Una historia más realista de lo que se puede pensar.

Abián G. Rodríguez dijo...

Quizás en el relato se entremezcla también el alivio del autor por tener, al fin, algo que publicar tras esta pausa. ¡Me alegra que te guste! Gracias por no dejar de pasarte por aquí, y seguir comentando :)