19 de agosto de 2014
Hace más de un trimestre que no actualizo el blog, y eso es un cyberpecado. Lo cierto es que ha sido un lapsus bastante absurdo y no creo que vuelva a repetirse, pero me parecía un pelín extraño volver a postear sin dedicar al menos un párrafo a la vergonzosa ausencia.

Pero he seguido inspirado e inscribiendo, aunque a otro ritmo. Un ritmo más propio del verano, más pausado y repleto de momentos de contemplación y aprendizaje. Mientras surfeaba en busca de información para mi inminente lanzamiento a la aventura de la autoedición me crucé con una maravillosa web que no conocía. Una recopilación de recursos, un sitio de visita obligada, vaya.

23 de abril de 2014
         Ayer era 22 de Abril del 2014, pero, por un día, me obligué a volver a mi 1997. Elegí aquel año por ser de los últimos que recordaba sin tener ordenador, sin participar en el mundo digital entonces en auge. ¿Ya había ocurrido la caída de Terra y toda aquella locura? Bueno, no me acuerdo, pero sí sé que Matrix aún no había salido. En realidad no lo hice por ninguna razón moral o ideológica. La noche antes mis ojos torturados gritaron basta, con un asalto de visión borrosa, y exigieron al menos 24 horas alejados del adictivo combo pantalla-teclado.


         ¿Lo han hecho alguna vez? Eso de estar todo un día sin ordenador. No cuando salen, o cuando están ocupados. No, hablo de cancelar el ordenador un día normal, uno de esos en el que pasan varias horas en casa, y habitualmente se sentarían delante del PC al menos un rato. Confieso que a las primeras cuatro horas o así de estar despierto ya empecé a sentirme un pelín como un... adicto. Adicto, tengo la ligera sospecha de haber sido adicto a algunas otras cosas a lo largo de los años, pero no estoy del todo seguro. Por otra parte, sólo estás seguro de que eres adicto a algo cuando entras en detox, y yo, por ahora, me he librado del peregrinaje.  
18 de marzo de 2014
Más o menos seis lunas antes de la gran fiesta de la cosecha, el Beñesmer, llegaba la época de copiosas lluvias. Con ella nubes negras de tormenta llegaban desde el mar, y la bruma bajaba de las montañas lamiendo laderas, montes y costas. Durante semanas el cielo descargaba sobre la tierra el agua tan necesaria, mientras los truenos retumbaban en las alturas y los rayos iluminaban el cielo oscuro, veladas las estrellas. La isla se volvía entonces inhóspita: La vegetación crecía salvaje por doquier, los cauces de barrancos se convertían en ríos caudalosos, capaces de arrastrar ganado y hombres. El frío y la humedad se convertían en un peligro desde que caía el poderoso sol, obligando a todos a tomar refugio. Y, si además se hacía caso a las viejas, era en esas épocas de tormenta cuando vagaban por el mundo los tibicenas y otros entes maléficos, atraídos por la ausencia de luz.



         Anamar y Garfe se preguntaban en silencio que tendrían de verdad estas últimas habladurías, aunque no lo reconocerían jamás, pues ya habían cumplido los diecinueve y eran hombres. Estaban encogidos junto a una pequeña hoguera, refugiados de la tormenta bajo un saliente de roca cubierta de musgo que chorreaba agua. Las lechuzas que ululaban entre la lluvia quedaron mudas cuando un trueno retumbó tan cerca que hizo vibrar el aire. Ambos guerreros se encogieron por un segundo y después recuperaron la compostura. Se lanzaron sendas miradas de “Yo no me he asustado, ¿y tú?” luego se apretujaron contra las llamas, sujetando disimuladamente sus armas, oteando la oscuridad que lo engullía todo más allá de su refugio bajo la roca y la densa cortina de agua. El ruido de la lluvia cayendo con fuerza y la vegetación agitada por el viento enturbiaban cualquier otro sonido. Se sentían ciegos y sordos, algo con lo que nadie estaría cómodo.