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5 de mayo de 2016
09:28
―Al fin despierta―tipos con batas blancas. Blanco aséptico de hospital a mi alrededor.
―¿Despertado de qué? ¿Ustedes quiénes son?―quiero saber.
Dicen que llevo diecisiete años catatónico, sumido en una alucinación vívida. Me desvanezco, una inyección me trae de vuelta. Mis padres llevan muertos diez años. Paga mi reclusión el tío Santiago, al que no recuerdo. Los de blanco dicen que toda mi vida después de la infancia es una gran fantasía psicótica.
―¿Qué coño dicen?―no pregunto cómo me han sacado de casa, ni dónde está Eva?
―¿Despertado de qué? ¿Ustedes quiénes son?―quiero saber.
Dicen que llevo diecisiete años catatónico, sumido en una alucinación vívida. Me desvanezco, una inyección me trae de vuelta. Mis padres llevan muertos diez años. Paga mi reclusión el tío Santiago, al que no recuerdo. Los de blanco dicen que toda mi vida después de la infancia es una gran fantasía psicótica.
―¿Qué coño dicen?―no pregunto cómo me han sacado de casa, ni dónde está Eva?
Etiquetas:noir,relato-corto
24 de febrero de 2016
12:09
Aún le ardían las cicatrices, un contorno de fuego ácido en las
discretas hendiduras alrededor de las yemas de sus índices y pulgares. El
oficial de aduanas japonés frente a ella revisaba con cara poco amigable los
documentos, un desprecio nada disimulado de altanería profesional. Ya se había
enfrentado a los controles de Japón, pero estaba nerviosa, y el hecho de no
querer parecer nerviosa lo hacía aún peor. Se preguntó qué ocurriría si le
pillaban.
El hombre le puso delante el escáner digital de huellas
dactilares con un gesto brusco, señaló a la pantalla que indicaba como hacer el
reconocimiento. Una cosa redonda y kawaii
explicaba sonriente: Primero los índices, luego los pulgares. Lin aguantó la
respiración, estaba a punto de poner a prueba sus quince mil dólares pagados a
unos médicos de Shanghái. Colocó los índices, un pitido suave y una luz verde.
Escáner terminado, el oficial de aduanas no cambió su expresión
burocráticamente congelada. Lin puso los pulgares, mirando con disimulo al
terminal del japonés.
Etiquetas:biometría,relato-corto
28 de diciembre de 2015
16:30
El Teniente Comandante era, probablemente, el único que se
tomaba en serio su trabajo en el centro de respuesta nuclear. Recién ascendido,
quizás aún soñaba con los uniformes negros de la vieja URSS. Artem consideraba
su destino bajo tierra una especie de castigo.
―Hay que estar atentos a todo―repitió
el Teniente a su espalda, el fingió concentrarse más en la pantalla de radar―La
situación en Paquistán es un jodido desastre, y si los saudíes intentan meter a
su Fuerza del Escudo Peninsular, no quiero imaginar lo que podría pasar.
Artem asintió, en el fondo el
Teniente tenía razón, eso sólo le jodía aún más. Como siempre, los radares no
marcaban nada, todo estaba soporíferamente tranquilo y correcto. Tener la
obligación patriótica de mirar fijamente pantallas que indicaban que todo iba
bien, sin cambios, era tarea para un Sísifo moderno. Bostezó, y se cuidó de
hacerlo mirando fijamente a la pantalla para que el Teniente Comandante no se
diera cuenta.
El hombre de treinta años miró
su reloj de pulsera.
―Las nueve y cinco, ¿y la
llamada de las en punto?―preguntó.
Al lado de Artem, Yermolay
sacudió la cabeza.
―No ha llegado.
El Teniente se giró con la
mandíbula apretada.
―Entonces quiero una
comprobación de todos los sistemas. ¡De todos!
―Teniente Comandante, señor―empezó
Yermolay―Quizás sólo se trata de un retraso.
―Nosotros no nos retrasamos, Votyakov.
Artem no esperó la orden directa, comprobó las lecturas de
radar y el software de control de los detectores sísmicos. Ni una alarma, ni
siquiera advertencias. El Teniente estaba comprobando un receptor de radio.
―La señal de control de
Naro-Fominsk ha desaparecido del espectro―había preocupación en la voz del
oficial―Señores, necesito un diagnóstico doble, y en menos de dos minutos. Votyakov,
llama al Mando.
Artem reinició los sistemas para
forzar un diagnóstico completo, escuchó a Yermolay colgar y descolgar varias
veces el teléfono.
―No tenemos línea, Teniente
Comandante.
El oficial se apartó de la
radio.
―Tampoco responden las radios,
todo el espectro está en silencio―se alejó por el pasillo de hormigón y
desapareció en su oficina. Artem y Yermolay se miraron.
Una mañana jodida, nada más. No
podía ser otra cosa. El radar no marcaba absolutamente nada, ni los detectores
sísmicos, ni una sola alerta en todo el óblast de Moscú.
―Se ha caído la jodida
zumbadora, eso sí que es raro―dijo Yermolay. Artem sacudió la cabeza.
―Tonterías, ya se cayó hace un
par de años cuando reorganizaron el distrito militar. Es una reliquia de la
Guerra Fría, nada más―señaló a su pantalla―No está ocurriendo nada.
El Teniente Comandante apareció
con un par de tarjetas de plástico negro en una mano, tiró del hombro de
Yermolay.
―Sube arriba y dile a los que
estén de guardia que cojan unos prismáticos, salgan fuera y hagan
reconocimiento visual de Naro-Fominsk. ¡Vamos!
Yermolay desapareció al trote
por el pasillo, con cara de no comprender. El Teniente se inclinó sobre la
consola de Artem, hundió su peso en la silla.
―Todos los sistemas están en
verde, señor, nada extraño―informó él.
―El número veintiséis, lleva
fallando dos semanas, ¿hoy?―preguntó el Teniente.
―Ni una sola vez, desde ayer a
las cero-cero.
El oficial arqueó una ceja. Miró
las pantallas, intentando atravesarlas para mirar el corazón del sistema
operativo.
―Intenta imprimir―ordenó.
―No tenemos ninguna impresora en
esta consola, señor―respondió Artem.
―Intenta imprimir, ¡cojones!
Seleccionó uno de los documentos de seguridad y trató de
imprimirlo. Un microsegundo de carga y, nada.
―No hay mensaje de error―Artem
ladeó la cabeza. El Teniente se puso en tensión y se incorporó.
―Es porque no es nuestro
sistema, nos han jodido―golpeó la pared―Nos han jodido bien.
El oficial corrió hasta la
radio, Artem siguió en la silla, tratando de provocar un error, de hacer
reaccionar el sistema. Era complaciente e infalible, era un sistema falso.
―...hay humo, un montón de humo.
Teniente Comandante, señor, sólo vemos humo―era una voz por radio.
Artem se acercó a la radio, vio
al Teniente rastrear el dial, en busca de cualquier señal. Todo estaba muerto. La
señal de control había desaparecido.
―Que todo el mundo vuelva dentro―ordenó.
Fue hasta el control de misiles.
―Deben haberse cargado un par de
centros de respuesta, pero nosotros aún podemos...
―¿Señor?―Artem dio un respingo―No
tenemos órdenes del Mando.
―Sí que las tenemos, y no han
variado en setenta años―desbloqueó el control e introdujo una de las tarjetas
de plástico negro.
Tres minutos después volaron las
ojivas, y en tres horas todas las radios zumbadoras callaron al fin.
Etiquetas:ficción,relato-corto
17 de diciembre de 2015
15:21
Siete frecuencias de pitidos desagradables entremezclados
con estática retumbaban en el dormitorio. A un volumen bajo (para que no se
quejaran los vecinos) y repitiendo sus ruidosos graznidos a intervalos
regulares. A Pao le fascinaban las radios zumbadoras, eran la razón por la que
había comprado un equipo de radioaficionado. ¿Mensajes cifrados en las ondas?
¿Conspiraciones de espionaje mundial? ¿Ruido blanco para mantener ocupados
canales importantes? La única certeza eran las señales agudas y rítmicas, los
zumbidos, y las frecuencias de emisión. Un misterio no resuelto del mundo
moderno, nacido en los cincuenta.
Sus amigos no compartían la pasión de Pao por las
frecuencias de ruido blanco, que a veces rompían su mutismo para recitar
secuencias de números. ¿Comprobaciones aleatorias o mensajes en clave? No le
importaba, ni siquiera le importaba comprender el misterio, sencillamente
quería vivirlo, respirarlo y escucharlo, apuntar en su cuaderno los momentos en
los que cada frecuencia quedaba muda o lanzaba una ristra de números. Quizás la
explicación resultase decepcionante, frente a las posibilidades del misterio.
Silencio abrupto, Pao comprobó el ordenador. Era más cómodo
escuchar las radios por internet. Las páginas habían dejado de cargar, en la
barra de tareas junto al reloj el icono de conexión quedó gris, eclipsado por
una dramática cruz roja. Comprobó los cables, reinició el router e incluso lo
miró con furia, pero no recuperó la conexión. La maldita ISP, como siempre.
Encendió el equipo de radioaficionado y buscó la frecuencia
de la única radio de ruido blanca que podía escuchar desde casa, un pequeño
espacio en la Banda E de la OTAN, la habían triangulado en algún lugar cerca de
Marruecos. Estática y silencio, la zumbadora había desaparecido.
Desempolvó el mando de la tele, casi todos los canales del
digital habían desaparecido, ¿había tormenta? Pao se asomó a la ventana y vio
un cielo despejado y tranquilo, con algunas nubes blancas y esponjosas. La
antítesis del clima amenazador y creador de interferencias de onda. Siguió
zappeando, las televisiones autonómicas emitían sin problemas: Programas de cocina
con monjas y cine western.
Como mínimo, aquello era raro. En su móvil la red de datos
había desaparecido también, adiós a la mensajería instantánea. La cobertura
tampoco era ninguna maravilla, pero tenía. Miró al aparato de radio, la
zumbadora de la OTAN en Marruecos no se había callado más de treinta segundos
desde que la pusieran en marcha en 2019. ¿Qué demonios estaba pasando? Buceó
por la agenda del teléfono y dio con el número de Fantasma, tres tonos antes de
la respuesta.
―Charlie Foxtrot, no esperaba
una llamada tuya.
―Ey tía, ¿tienes internet?
―Curioso que lo preguntes, se me
cayó hace un momento.
―A mí también―respondió, miró de
nuevo por la ventana.
―Las radios nacionales están muertas,
sólo quedan las locales, tertulia deportiva y tal, nadie dice nada... espera...―se
escuchó un crujido al otro lado del teléfono―Se han caído, un inhibidor del
ejército supongo.
―Mierda, te llamo en un momento―colgó
sin esperar la despedida y fue hasta el equipo de radioaficionado.
Radios de onda corta, del
ejército, canales codificados. Volvió a sintonizar la frecuencia zumbadora de
la OTAN en Marruecos, un silencio que le puso los pelos de punta. Algo le
obligó a vestirse, Pao sacó una sudadera negra con capucha y tenis para correr
de la montaña de ropa junto a la cama y se equipó para convertirse en fugitivo.
Sonó el móvil, Fantasma otra vez. Pao miró a la ventana que daba a la calle, no
se veía un alma, pero creyó escuchar ruido a un par de manzanas de distancia.
Descolgó el teléfono.
―La zumbadora de Marruecos está
muerta―anunció Fantasma.
―Lo sé, ¿y las demás?
―No lo sé, está todo caído,
hemos vuelto a los cincuenta, amigo. En Gando están despegando cazas, y hay
militares en las calles, supongo que ellos han inhibido la radio local.
Pao dudó un segundo y miró por
la ventana, ¿una broma pesada de Fantasma?
―Me estás vacilando, ¿militares?
¿Otra guerra civil para el contador?
―No creo, nadie está proclamando
que va a salvar España. Si es una guerra, y se han callado las zumbadoras, no
será civil.
La espalda de Pao se sacudió con
un escalofrío.
―Tú y tu puta teoría, te llamo
en cinco minutos, a ver si en la calle saben algo.
Se asomó por la ventana, casi
esperando ver las terribles estelas de vapor blanco. Nada. Fantasma siempre
había dicho que las radios zumbadoras eran un sistema analógico de fail-deadly. Y ahora se habían callado.
Etiquetas:ficción,relato-corto
14 de octubre de 2015
19:00
Aovillado de
lado contra la gomaespuma, junto al ruido y el calor condensado de los aparatos
de soporte vital. Claustrofobia-privacidad entre cables, con correas de
sujeción alrededor del pecho y los muslos. Los ojos clavados en la pantalla. La
vibración constante del sistema de circulación de aire le aturdía. Fingía que
leía, se engañaba a sí mismo mientras esperaba. Su PDA emitió la alarma: Ocho
años, seis meses, trece días y catorce horas.
Estaban a
punto de salir del FTL. Se soltó de las correas y se vistió con el mono de
tripulante, hombros rígidos con los parches de todos los países armadores y la
palabra CHRONOS sobre el pecho. Botas magnéticas calzadas, cayó atraído a la
pared más cercana. Trotó con esfuerzo, apartándose pelo grasiento de la frente.
Etiquetas:relato-corto,scifi,tecnología
8 de septiembre de 2015
19:53
Siempre le
sorprendía el silencio dentro de los maglev.
El aparato se deslizaba sin la menor
sacudida, dejando atrás la estación de Pordenone. Apretó contra su pecho la
mochila con el escaso equipaje. Hora de alejarse de Italia y sus clanes corporativos
durante una buena temporada. Esbozó una sonrisa torcida: una nueva huida, un
poquito más de información acumulada. Había dejado el trastero del puerto-su
hogar los últimos tres meses-vacío. No había perdido nada y lo había ganado
todo.
Rebuscó dentro
de la mochila, apartando la ropa usada. Sacó la carpeta, papeles polvorientos y
antiquísimos recortes de periódico. De uno de los recortes cayó un finísimo rectángulo
negro:
Etiquetas:digital,relato-corto,scifi
28 de junio de 2015
12:41
¿Qué
hacía en la barriada un tío con pantalones
de traje negros-de aspecto bastante caro por cierto-y camisa blanca abotonada
hasta el cuello? Joven y moreno, rozando los treinta, el pelo castaño bien
rapado como los demás miembros de la vasta legión de oficinistas a la que
pertenecía. Mochila de deportes a la espalda y mirada de forastero. Estaba
fuera de lugar, tramaba algo.
Un fin de
semana cojonudo, eso era lo que tramaba. A su alrededor en la plaza las farolas
derramaban iridiscencia ambarina y perezosa que a duras penas lograba atravesar
la llovizna con la que el cielo plomizo estaba salpicándolo todo. Desde los
edificios clónicos pintados de gris las ventanas devolvían los sutiles
destellos verdosos de los televisores sintonizados en el partido de liga. El extraño y tan fuera de lugar salaryman se sacudió y buscó algún
portal en el que refugiarse, la lluvia le empezaba a calar. Tiró del asa de la
mochila y se movió, incómodo. Pensó en la chaqueta del traje arrugada dentro de
la mochila, tenía el logotipo de la compañía en la solapa. No podía
arriesgarse.
Un estremecimiento
le hizo sacudirse y tuvo que boquear aire varias veces para recuperarse. La
familiar sensación del pulso irregular le golpeó en el pecho, la lluvia sobre
la piel se hizo tibia en comparación con los sudores fríos. Arritmia, su
corazón avisaba, como cualquier máquina, con irregularidades antes del fallo
definitivo. Sacó de un bolsillo del pantalón su pastillero cromado y se echó
dos pequeñas píldoras verdes a la boca. No ayudaban mucho, sólo calmaban las
señales del inexorable deterioro de su músculo más importante.
Etiquetas:no-ficción,relato-corto
11 de junio de 2015
17:21
¿Qué no era
capaz? Quizás el Paulo que no llevaba cinco vodkas, pero él sí. Se encaramó al
bordillo y vio como todos le miraban desde abajo. Esbozó una sonrisa, giró un
poco la cabeza y con gesto grandilocuente le alargó el botellín a Tony.
―Sujétame la cerveza, que voy...
Dio el salto, perdió
el equilibrio y se quedó sin respiración. Sólo escuchó los gritos de la gente,
después un parón brusco y ruido de muchas cosas blandas y viscosas rompiéndose.
Parada cardiorrespiratoria y fundido a negro.
Cuando volvió
a abrir los ojos Paulo tenía ante sí un mostrador y un recepcionista. Estaba en
un vestíbulo mal iluminado de un edificio que por lo menos tenía cincuenta
años. El papel pintado de las paredes en algún momento había sido alegre, y
ahora estaba cubierto con carteles de ánimo y de conciertos bandas de garaje
cuyos nombres no había escuchado jamás. Bastante deprimente, más aún por el
hecho de que intentaba no serlo, y de que no sabía cómo había llegado allí.
Llevaba desde
que abrió los ojos sin respirar, inspiró en un extraño reflejo, fue entonces
cuando descubrió que podía simular la acción pese a no necesitar aire. Parpadeó
un par de veces, incrédulo. El recepcionista le hizo un gesto para que se
acercase, camisa larga y desteñida, pelo engominado y gafas de pasta. Aquello
no encajaba.
Etiquetas:humor,relato-corto
6 de mayo de 2015
12:47
Nunca podía saber si era de día o de noche en su cuarto,
porque tenía los cristales de la ventana cubiertos con gruesas capas de cinta
americana negra. Willy miró el reloj a través de la neblina de su cerebro
agotado, pudo distinguir las pequeñas manecillas cubiertas de pintura
fluorescente. No le quedaba mucho tiempo. Contuvo un bostezo y dio el último
sorbo a su cóctel de Adderall con Redbull. Cerró los ojos un segundo y se
imaginó la taurina con dextroanfetamina corriéndole por las venas, acelerándole
el corazón y fluyendo hasta el cerebro para provocar pequeñas explosiones de
luz entre sus neuronas en penumbra. Como mucho tenía una hora antes de desmayarse
y quedarse dormido. Resopló, una hora antes de morir.
Ya había
dejado un registro de lo mejor de sí mismo, incluyendo todo lo que había podido
investigar sobre el sueño polifásico y el teléfono (y sus impresiones) de la
chica que había conocido a las tres de la madrugada en La Facultad. La
Facultad, el bar. De lo que era él, Willy 89, quedaría una fotografía y un
diario digital de tres páginas en .odt para que Willy 90, fuera quien fuera,
pudiera recordarle. La subida de la anfetamina le llegó como un suave latigazo
cervical y una sensación de vértigo en la base del cráneo. Aprovechó aquel
momento de falsa euforia para inclinarse sobre la pantalla del ordenador y
poner a pantalla completa el visualizador del reproductor de música. Un baño de
colores cayó sobre sus ojos, las líneas pulsaban al ritmo de los beats.
Etiquetas:no-ficción,relato-corto
29 de abril de 2015
22:15
Caí sobre la
silla y crucé las manos delante del cuerpo, sobre la mesa que nos separaba a
ambos. Él empezó a leer los papeles y yo me fijé en la pared salpicada de
títulos que había a su espalda para matar el tiempo. Al cabo de un rato sólo se
escuchaba el crujido de papeles y nuestras respiraciones disimuladas. ¿Sabes
ese silencio en el que intentas fingir que no haces ningún ruido? Sí, ese, ese
en el que parece que tragar saliva demasiado fuerte podría provocar un
desprendimiento, no los soporto. Son el culmen de los silencios incómodos. Así
que me puse recto en la silla y me animé para darle la versión resumida del
escrito que le estaba presentando. Hablar es uno de esos ruidos que no se me da
mal del todo:
“Lo he estado pensando bastante” empecé,
al principio mi voz sonó atronadora en el silencio. Él levantó la cabeza de los
papeles y asintió, como si realmente le interesase mi historia, supongo que por
educación. “Primero bastante jodido, ¿no?
Ya que no consideraba para nada normal eso de ponerme malo mes sí y mes también,
cogiendo cada puto resfriado que se
cruza en mi camino” al ver que no me cortaba, seguí más animado.
Etiquetas:humor,relato-corto
9 de abril de 2015
19:26
El Gemekala se
alejaba de la zona de batalla a toda velocidad. Tras el fulgor de sus motores quedaban
los destellos de las explosiones nucleares entre el campo de escombros. Todo lo
que quedaba de la flota, las naves dañadas a la deriva cuyos reactores en
estado crítico detonaban antes de morir para siempre. En la sala de mando de su destructor, el Comandante
observó las pantallas holográficas.
Pensó en las
tripulaciones, poco más que partículas carbonizadas flotando libremente en el
vacío entre pedazos de fuselaje y gas ionizado. El enemigo lo había vuelto a
hacer, habían utilizado armas termonucleares para crear una nube de plasma y
engullir su flota. El Comandante se inclinó sobre las lecturas de radar e hizo
un fuerte gesto de negación. Sólo el Gemekala había sobrevivido al combate.
Se irguió en
la sala de mando y dio media vuelta
para salir. A su alrededor la tripulación intentaba reparar los daños sufridos
a contrarreloj, bajo un baile de chispas y cableado en llamas. Una vez más la
flota no había podido detener a los alienígenas, y ahora el Gemekala se batía
en retirada dejando las colonias de Espara y sus quinientos millones de
habitantes a merced del enemigo.
Etiquetas:espacio,relato-corto,scifi
23 de marzo de 2015
16:20
―No me jodas, ¡eres un hacker
de esos!―María lo dijo con un tono de asombro infantil.
Radko la miró
entre la neblina de humo de tabaco y olor a fideos coreanos picantes que manó
de su habitación en cuanto abrió la puerta. Ella señalaba con el flacucho brazo
extendido-una miríada de pulseras de plástico chillonas sobre la piel morena-en
dirección hacia la pantalla que había sobre el escritorio. Estaba apagada, asediada
por ropa sucia y botes vacíos de Samyang
Foods Buldalk Bokkeummyeon.
―¡Qué dices!―Radko negó con la cabeza y se apartó de la puerta
para dejarle pasar.
María rodeó la
cama deshecha y fue hasta la pantalla del ordenador apagado. Lo miró como una
pieza de museo.
Etiquetas:relato-corto,tecnología
11 de febrero de 2015
12:11
Nathan dio
vueltas al pequeño objeto cromado entre sus dedos, ignorando el ruido de la
terminal del aeropuerto a su alrededor. Pasajeros de quince vuelos
internacionales llamaban por teléfono, se despedían y se movían nerviosos a su
alrededor. Guardó la discreta pieza metálica, si todo salía bien quizás sería
la última vez que podría viajar en avión llevando uno de aquellos. Si salía bien. Vale que después de toda
aquella movida del 11S las compañías aéreas y los gobiernos estaban estirando
hasta límites insospechados la paranoia ciudadana, pero aquello, lo que
pretendía el lobby, era casi
demasiado.
Un aviso de
megafonía, era su vuelo. Se levantó y ajustó las solapas de su chaqueta antes
de embarcar, le reconfortó el tacto del algodón teñido de negro. Caminó
siguiendo la hilera de oficinistas trajeados, guiñó un ojo a la azafata por
puro reflejo y, una vez dentro del Boeing 767, se sentó en su amplio asiento de
primera clase. Volvió a sostener el objeto metálico entre los dedos, su
supuesta arma. De seguir algún tipo de filosofía, un bushido, Nathan jamás habría aceptado el trabajo. Deshonroso para
cualquier experto en armas era decir poco. En todo caso, de seguir una
filosofía, la suya debería haber sido la de los mercenarios, y era bastante
probable que no existiera. Un mercenario con principios inamovibles le sonaba
como una contradicción. Pero sí que tenía orgullo, y aquel trabajo, aunque
sorprendentemente bien pagado, se lo estaba hiriendo.
En su faceta
de experto en armamento, le contrataban para toda clase de cursos y
demostraciones inverosímiles a gobiernos, generales y grupos paramilitares. De
todas sus actuaciones esta se llevaba la palma. Guardó el metal empañado en el
bolsillo. El avión despegó rumbo a Washington. Si los convencía a ellos, le
habían dicho en el lobby, el resto de
gobiernos del mundo les seguirían por puro reflejo y por no ser menos. Participaba,
quizás, de la conspiración más estúpida y absurda que jamás hubiera tenido
lugar. Mucho más estúpida aún que la de la licra premeditadamente debilitada en
los albores de la obsolescencia programada.
Etiquetas:relato-corto
21 de enero de 2015
22:22
Cuando la
camarera dejó el plato sobre la mesa él lo observó como si se tratara de una
delicada obra de arte. Aroma y estímulo visual se conjuraron, la boca se le
hizo agua tan rápido que a duras penas pudo balbucear un “Gracias” a la chica después
de tragar nada. Ray se quedó un segundo pasmado, rojo hasta las orejas, antes
de mirar de nuevo a su mesa y olvidarlo todo.
Trucha con
lecho de cebolla caramelizada y piñones silvestres. Miró el ojo del pescado,
como siempre decían que debía hacerse. Debía ser fresca, llegada como mucho
hacía un par de horas a la lonja del puerto. No le dio más vueltas, hundió
cuchillo y tenedor para saborear su premio. Aquello era su recompensa, sí.
Siempre celebraba que había terminado un trabajo comiendo trucha de piscifactoría
en el único restaurante de la ciudad que la traía fresca y que la preparaba a
su gusto. Esbozó una sonrisa, masticando con la boca cerrada, diminutos
pedacitos de trucha enredados en su bigote y perilla recortados. Acababa de
ganar un millón novecientos mil y lo celebraba con un plato de 55, era un tipo
de costumbres sencillas.
Cerró los
ojos, estaba deliciosa. El contraste de sabores en el plato era perfecto para
él, la suavidad de la textura del pescado tierno con el ligero crujir de los
piñones... Se sorprendió a sí mismo en medio del restaurante poniendo una
expresión de placer casi obscena. Luego rió, los demás se podían joder, había
ganado suficiente como para comprar el garito.
Etiquetas:ficción,noir,Ray,relato-corto
11 de enero de 2015
12:36
Gimió con voz
ronca, tratando inútilmente de que su cuerpo obedeciera. Abrió los ojos y estos
lanzaron a su cerebro la imagen del pasillo en penumbra. En el suelo de madera
polvoriento sólo se veían las marcas de infinitas rodaduras, las de la silla de
ruedas sobre la que su cuerpo estaba desplomado. El sol casi no lograba filtrarse
a través de las ventanas sucias, tapadas con cinta aislante pegada directamente
al cristal.
Giró el cuello
con esfuerzo y vio el pasillo pasar de largo, daba la sensación de que él era
el eje y todo lo demás se movía a su alrededor. El pasillo desapareció, la
puerta principal de la casa se abrió con un agudo chirrido de servomotores
mecánicos y el sol le dio en la cara. No calentaba, y todo lo bañado por su luz
parecía gris y mortecino, quizás era un defecto de sus ojos. Hacía mucho tiempo
que el cuerpo había dejado de funcionarle correctamente, y los fallos tendían a
apilarse de una manera mucho más constante y eficiente que las mejoras.
Etiquetas:relato-corto
16 de diciembre de 2014
21:16
Un pequeño
salto de cuarenta y cinco centímetros de ancho puede resultar espantosamente difícil.
Sobre todo si te tropiezas jadeando con el parapeto de hormigón de una azotea.
Puede ser aún más jodido cuando esos cuarenta y cinco centímetros están entre
edificio y edificio, con una caída de novecientos metros (unos trecientos
setenta pisos, más o menos). El espacio, y no sólo el tiempo, resultan
relativos para el observador.
Aquel pequeño
salto era un abismo terrorífico para Lord. Se apoyó contra el muro-al menos su
abdomen, que se aplastó sacándole todo el aire de los pulmones-y sus manos
se aferraron al hormigón húmedo y pegajoso. Sus ojos miraron al vacío neblinoso
y lanzaron una señal de pánico al cerebro. Pero tenía que seguir, a su espalda
escuchó los pitidos sintéticos de las radios y el ruido de las botas de puntera
metálica que utilizaban los policías.
Etiquetas:noir,relato-corto
19 de noviembre de 2014
15:21
Con el cambio
climático La Laguna volvió a hacer honor a su nombre. Las tormentas constantes
inundaban la ciudad y el agua turbia reclamó su lugar engullendo los adosados
de los adinerados. En el centro, la lluvia ácida caía con inclemencia sobre Zero.
Las gotitas de color óxido le dejaban un residuo marrón sobre la chaqueta de
cuero. Se echó la capucha sobre la cabeza y caminó por las pasarelas con
columnas bajo los enormes edificios. No lograban evitar que la lluvia, empujada
por un viento lateral, diese contra la marea humana que intentaba refugiarse
del tiempo inclemente. Los coches eléctricos pasaban con un zumbido, dejando
como rastro géiseres de agua sucia que empapaban a quienes estaban demasiado
cerca de la calzada.
Zero se
arrebujó en la chupa de cuero, protegido de las miradas por la capucha, y
caminó encogido entre la gente con las manos en los bolsillos. Prestaba
especial atención a los paraguas de aristas afiladas, llevados por
peligrosísimas sexagenarias que lo ponían justo a la altura perfecta para
sacarle un ojo. Su segunda prioridad era vigilar a los carteristas marroquíes y
las atracadoras rumanas, que atraían con el canto de sirena de sus faldas de vinilo
en colores chillones, poco más anchas que un cinturón.
Pero él estaba
de vuelta de todo eso, miraba con una mezcla de asco, envidia y piedad al resto
de sus congéneres, esquivándolos para llegar lo antes posible a la estación del
tranvía. Aún con las manos en los bolsillos, Zero se tocó el paladar, justo
detrás de las paletas, con la lengua. Con aquel movimiento se activó una respuesta
gestual en su cerebro. Finísimas líneas de fósforo verde atravesaron su campo
visual, injertadas directamente al nervio óptico gracias a la placa de silicio de
35nm que tenía detrás de la oreja derecha, incrustada en el hueso.
Etiquetas:cyber,relato-corto,tecnología
12 de noviembre de 2014
16:15
Año 100
La chica dejó
las flores sobre el granito perlado de rocío. Miró el cartelito de bronce de la
tumba sin saber bien que hacer. Ella no creía en todo aquello de la otra vida.
¿Realmente tenía que ponerse a hablar sola, como en las películas? Se agarró la
camiseta, la imagen de Freddie Mercury con chaqueta amarillo chillón se deformó
cuando tiró del tejido. Quedó muda, mirando las letras grabadas al ácido en el
bronce. Su lengua jugó con el aro de cromo que le atravesaba el labio inferior.
Lo de las
flores podía entenderlo, una señal de respeto para los vivos, un ritual de
recuerdo. Pero lo de hablar, simplemente no iba a salirle, igual que las
lágrimas que tenía contenidas. Su madre estaba muerta y allí sólo había un
cadáver bajo un par de metros de hormigón y un nombre que ya no significaba
nada. Ladeó la cabeza, después se giró cuando sintió que alguien se le
acercaba.
Era un tipo de
su edad, vestido con uniforme militar de fatiga de la marina. La chaqueta
estaba sucia, tenía las mejillas cubiertas de barba rasposa mal cuidada, los
ojos marrones enmarcados en grandes ojeras la miraban con interés. Ella se
apartó un paso de la tumba.
Etiquetas:espacio,relato-corto
3 de noviembre de 2014
17:32
¿De qué color estaba el cielo? A Bill le habría gustado
saberlo, pero no podía verlo. Alzó la mirada borrosa entre los edificios y los
cables oxidados que saltaban de balcón en balcón, más allá de las letras
cirílicas que resplandecían por doquier en las fachadas. Allí arriba lo único
que veía era roca negra húmeda, alternada con placas de hormigón reforzado y
aluminio que sostenían la Ciudad Alta. Su cielo era gris con luces de
balizamiento y rendijas de ventilación, sus nubes volutas de vapor de agua y
gasoil.
Le dolía
horrores la cabeza. Estaba tendido en la esquina de un callejón, bañado por la
luz verdosa del escaparate de una tienda de electrónica cerrada. Gotitas de
agua jabonosa le caían sobre el cabello corto y apelmazado teñido de violeta.
Olía a basura, aceite y alcohol etílico. Se incorporó con dificultad y la
cabeza le dio vueltas. No recordaba haber llegado allí, pero los dolorosos
latidos de la resaca en sus sienes le decían que quizás era mejor no acordarse.
Se levantó lentamente como si su cabeza estuviera llena de nitroglicerina, se
apoyó en la pared del callejón y se sacudió la ropa intentando adecentarse. Estaba
hecho un asco, pero eh... al menos no le dolía el estómago.
Bill se
colocó bien la chupa de cuero de motorista y se echó sobre la cabeza la capucha
de la sudadera gris que llevaba debajo. Empezó a caminar dando patadas a las cajas
húmedas y las latas vacías del callejón, con las manos en los bolsillos. Su mente
aún estaba en un estado de confusión absoluto, incapaz de recordar dónde
estaba, dónde había estado o a dónde debería ir. Sentía un dolor sutil y
persistente en la parte trasera del cráneo, extraño. Él era, entre otras cosas,
un yonki profesional. Un maestro del arte de ponerse ciego y volver de entre
los muertos al día siguiente. Tenía la mente anulada como en una de sus malas
resacas, pero el resto del cuerpo sólo estaba aturdido. Salió a las calles saturadas
de gente y penumbra perpetua de la Ciudad Baja. No era
un lugar oscuro, las vallas publicitarias led, los escaparates, las farolas...
había toda clase de fuentes de iluminación.
Etiquetas:noir,relato-corto
26 de octubre de 2014
15:18
Joan se acercó
peligrosamente a la pantalla del ordenador, sus retinas se quejaron. Trató de
esforzarse en distinguir algo en la foto borrosa, pixelada y mal enfocada que
le habían mandado. Era parte del trabajo, se había hecho un hueco en el mundo
de lo paranormal. Su blog era seguido por cientos de personas y el
auto-proclamado investigador recorría toda la península con su Ford en busca de
misterios. Así que ya
tenía su experiencia con fotos borrosas y datos inconclusos. De hecho para él
un misterio publicable era aquel lo bastante ambiguo como para que falsarlo
costase un trabajo empírico considerable que sólo los más acérrimos anti
charlatanes estarían dispuestos a hacer gratis.
Miró de nuevo
la foto: blanco y negro (¡cómo no!) sacada por alguien con el pulso de Michael
J. Fox y la capacidad de encuadre de Ed Wood. Había en el centro una figura que
parecía humana, vestida con algo blanco. Quizás un vestido, quizás una sábana
vieja... Llevaba el pelo largo y en el óvalo desenfocado que podía ser su cabeza
brillaban siniestramente dos puntos de luz, ¿ojos?
Etiquetas:humor,relato-corto
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