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5 de mayo de 2016
―Al fin despierta―tipos con batas blancas. Blanco aséptico de hospital a mi alrededor.

―¿Despertado de qué? ¿Ustedes quiénes son?―quiero saber.

Dicen que llevo diecisiete años catatónico, sumido en una alucinación vívida. Me desvanezco, una inyección me trae de vuelta. Mis padres llevan muertos diez años. Paga mi reclusión el tío Santiago, al que no recuerdo. Los de blanco dicen que toda mi vida después de la infancia es una gran fantasía psicótica.



―¿Qué coño dicen?―no pregunto cómo me han sacado de casa, ni dónde está Eva?
24 de febrero de 2016
Aún le ardían las cicatrices, un contorno de fuego ácido en las discretas hendiduras alrededor de las yemas de sus índices y pulgares. El oficial de aduanas japonés frente a ella revisaba con cara poco amigable los documentos, un desprecio nada disimulado de altanería profesional. Ya se había enfrentado a los controles de Japón, pero estaba nerviosa, y el hecho de no querer parecer nerviosa lo hacía aún peor. Se preguntó qué ocurriría si le pillaban.

huella dactilar digital


El hombre le puso delante el escáner digital de huellas dactilares con un gesto brusco, señaló a la pantalla que indicaba como hacer el reconocimiento. Una cosa redonda y kawaii explicaba sonriente: Primero los índices, luego los pulgares. Lin aguantó la respiración, estaba a punto de poner a prueba sus quince mil dólares pagados a unos médicos de Shanghái. Colocó los índices, un pitido suave y una luz verde. Escáner terminado, el oficial de aduanas no cambió su expresión burocráticamente congelada. Lin puso los pulgares, mirando con disimulo al terminal del japonés.
28 de diciembre de 2015
El Teniente Comandante era, probablemente, el único que se tomaba en serio su trabajo en el centro de respuesta nuclear. Recién ascendido, quizás aún soñaba con los uniformes negros de la vieja URSS. Artem consideraba su destino bajo tierra una especie de castigo.


―Hay que estar atentos a todo―repitió el Teniente a su espalda, el fingió concentrarse más en la pantalla de radar―La situación en Paquistán es un jodido desastre, y si los saudíes intentan meter a su Fuerza del Escudo Peninsular, no quiero imaginar lo que podría pasar.

Artem asintió, en el fondo el Teniente tenía razón, eso sólo le jodía aún más. Como siempre, los radares no marcaban nada, todo estaba soporíferamente tranquilo y correcto. Tener la obligación patriótica de mirar fijamente pantallas que indicaban que todo iba bien, sin cambios, era tarea para un Sísifo moderno. Bostezó, y se cuidó de hacerlo mirando fijamente a la pantalla para que el Teniente Comandante no se diera cuenta.

El hombre de treinta años miró su reloj de pulsera.

―Las nueve y cinco, ¿y la llamada de las en punto?―preguntó.

Al lado de Artem, Yermolay sacudió la cabeza.

―No ha llegado.

El Teniente se giró con la mandíbula apretada.

―Entonces quiero una comprobación de todos los sistemas. ¡De todos!

―Teniente Comandante, señor―empezó Yermolay―Quizás sólo se trata de un retraso.

Nosotros no nos retrasamos, Votyakov.

Artem no esperó la orden directa, comprobó las lecturas de radar y el software de control de los detectores sísmicos. Ni una alarma, ni siquiera advertencias. El Teniente estaba comprobando un receptor de radio.

―La señal de control de Naro-Fominsk ha desaparecido del espectro―había preocupación en la voz del oficial―Señores, necesito un diagnóstico doble, y en menos de dos minutos. Votyakov, llama al Mando.

Artem reinició los sistemas para forzar un diagnóstico completo, escuchó a Yermolay colgar y descolgar varias veces el teléfono.

―No tenemos línea, Teniente Comandante.

El oficial se apartó de la radio.

―Tampoco responden las radios, todo el espectro está en silencio―se alejó por el pasillo de hormigón y desapareció en su oficina. Artem y Yermolay se miraron.

Una mañana jodida, nada más. No podía ser otra cosa. El radar no marcaba absolutamente nada, ni los detectores sísmicos, ni una sola alerta en todo el óblast de Moscú.

―Se ha caído la jodida zumbadora, eso sí que es raro―dijo Yermolay. Artem sacudió la cabeza.

―Tonterías, ya se cayó hace un par de años cuando reorganizaron el distrito militar. Es una reliquia de la Guerra Fría, nada más―señaló a su pantalla―No está ocurriendo nada.

El Teniente Comandante apareció con un par de tarjetas de plástico negro en una mano, tiró del hombro de Yermolay.

―Sube arriba y dile a los que estén de guardia que cojan unos prismáticos, salgan fuera y hagan reconocimiento visual de Naro-Fominsk. ¡Vamos!

Yermolay desapareció al trote por el pasillo, con cara de no comprender. El Teniente se inclinó sobre la consola de Artem, hundió su peso en la silla.

―Todos los sistemas están en verde, señor, nada extraño―informó él.

―El número veintiséis, lleva fallando dos semanas, ¿hoy?―preguntó el Teniente.

―Ni una sola vez, desde ayer a las cero-cero.

El oficial arqueó una ceja. Miró las pantallas, intentando atravesarlas para mirar el corazón del sistema operativo.

―Intenta imprimir―ordenó.

―No tenemos ninguna impresora en esta consola, señor―respondió Artem.

―Intenta imprimir, ¡cojones!

Seleccionó uno de los documentos de seguridad y trató de imprimirlo. Un microsegundo de carga y, nada.

―No hay mensaje de error―Artem ladeó la cabeza. El Teniente se puso en tensión y se incorporó.
―Es porque no es nuestro sistema, nos han jodido―golpeó la pared―Nos han jodido bien.

El oficial corrió hasta la radio, Artem siguió en la silla, tratando de provocar un error, de hacer reaccionar el sistema. Era complaciente e infalible, era un sistema falso.

―...hay humo, un montón de humo. Teniente Comandante, señor, sólo vemos humo―era una voz por radio.

Artem se acercó a la radio, vio al Teniente rastrear el dial, en busca de cualquier señal. Todo estaba muerto. La señal de control había desaparecido.

―Que todo el mundo vuelva dentro―ordenó.

Fue hasta el control de misiles.

―Deben haberse cargado un par de centros de respuesta, pero nosotros aún podemos...

―¿Señor?―Artem dio un respingo―No tenemos órdenes del Mando.

―Sí que las tenemos, y no han variado en setenta años―desbloqueó el control e introdujo una de las tarjetas de plástico negro.


Tres minutos después volaron las ojivas, y en tres horas todas las radios zumbadoras callaron al fin. 
17 de diciembre de 2015
Siete frecuencias de pitidos desagradables entremezclados con estática retumbaban en el dormitorio. A un volumen bajo (para que no se quejaran los vecinos) y repitiendo sus ruidosos graznidos a intervalos regulares. A Pao le fascinaban las radios zumbadoras, eran la razón por la que había comprado un equipo de radioaficionado. ¿Mensajes cifrados en las ondas? ¿Conspiraciones de espionaje mundial? ¿Ruido blanco para mantener ocupados canales importantes? La única certeza eran las señales agudas y rítmicas, los zumbidos, y las frecuencias de emisión. Un misterio no resuelto del mundo moderno, nacido en los cincuenta.

radio signal
  
Sus amigos no compartían la pasión de Pao por las frecuencias de ruido blanco, que a veces rompían su mutismo para recitar secuencias de números. ¿Comprobaciones aleatorias o mensajes en clave? No le importaba, ni siquiera le importaba comprender el misterio, sencillamente quería vivirlo, respirarlo y escucharlo, apuntar en su cuaderno los momentos en los que cada frecuencia quedaba muda o lanzaba una ristra de números. Quizás la explicación resultase decepcionante, frente a las posibilidades del misterio.

Silencio abrupto, Pao comprobó el ordenador. Era más cómodo escuchar las radios por internet. Las páginas habían dejado de cargar, en la barra de tareas junto al reloj el icono de conexión quedó gris, eclipsado por una dramática cruz roja. Comprobó los cables, reinició el router e incluso lo miró con furia, pero no recuperó la conexión. La maldita ISP, como siempre.

Encendió el equipo de radioaficionado y buscó la frecuencia de la única radio de ruido blanca que podía escuchar desde casa, un pequeño espacio en la Banda E de la OTAN, la habían triangulado en algún lugar cerca de Marruecos. Estática y silencio, la zumbadora había desaparecido.

Desempolvó el mando de la tele, casi todos los canales del digital habían desaparecido, ¿había tormenta? Pao se asomó a la ventana y vio un cielo despejado y tranquilo, con algunas nubes blancas y esponjosas. La antítesis del clima amenazador y creador de interferencias de onda. Siguió zappeando, las televisiones autonómicas emitían sin problemas: Programas de cocina con monjas y cine western.

Como mínimo, aquello era raro. En su móvil la red de datos había desaparecido también, adiós a la mensajería instantánea. La cobertura tampoco era ninguna maravilla, pero tenía. Miró al aparato de radio, la zumbadora de la OTAN en Marruecos no se había callado más de treinta segundos desde que la pusieran en marcha en 2019. ¿Qué demonios estaba pasando? Buceó por la agenda del teléfono y dio con el número de Fantasma, tres tonos antes de la respuesta.

―Charlie Foxtrot, no esperaba una llamada tuya.

―Ey tía, ¿tienes internet?

―Curioso que lo preguntes, se me cayó hace un momento.

―A mí también―respondió, miró de nuevo por la ventana.

―Las radios nacionales están muertas, sólo quedan las locales, tertulia deportiva y tal, nadie dice nada... espera...―se escuchó un crujido al otro lado del teléfono―Se han caído, un inhibidor del ejército supongo.

―Mierda, te llamo en un momento―colgó sin esperar la despedida y fue hasta el equipo de radioaficionado.

Radios de onda corta, del ejército, canales codificados. Volvió a sintonizar la frecuencia zumbadora de la OTAN en Marruecos, un silencio que le puso los pelos de punta. Algo le obligó a vestirse, Pao sacó una sudadera negra con capucha y tenis para correr de la montaña de ropa junto a la cama y se equipó para convertirse en fugitivo. Sonó el móvil, Fantasma otra vez. Pao miró a la ventana que daba a la calle, no se veía un alma, pero creyó escuchar ruido a un par de manzanas de distancia. Descolgó el teléfono.

―La zumbadora de Marruecos está muerta―anunció Fantasma.

―Lo sé, ¿y las demás?

―No lo sé, está todo caído, hemos vuelto a los cincuenta, amigo. En Gando están despegando cazas, y hay militares en las calles, supongo que ellos han inhibido la radio local.

Pao dudó un segundo y miró por la ventana, ¿una broma pesada de Fantasma?

―Me estás vacilando, ¿militares? ¿Otra guerra civil para el contador?

―No creo, nadie está proclamando que va a salvar España. Si es una guerra, y se han callado las zumbadoras, no será civil.

La espalda de Pao se sacudió con un escalofrío.

―Tú y tu puta teoría, te llamo en cinco minutos, a ver si en la calle saben algo.


Se asomó por la ventana, casi esperando ver las terribles estelas de vapor blanco. Nada. Fantasma siempre había dicho que las radios zumbadoras eran un sistema analógico de fail-deadly. Y ahora se habían callado.
14 de octubre de 2015
       Aovillado de lado contra la gomaespuma, junto al ruido y el calor condensado de los aparatos de soporte vital. Claustrofobia-privacidad entre cables, con correas de sujeción alrededor del pecho y los muslos. Los ojos clavados en la pantalla. La vibración constante del sistema de circulación de aire le aturdía. Fingía que leía, se engañaba a sí mismo mientras esperaba. Su PDA emitió la alarma: Ocho años, seis meses, trece días y catorce horas.

fotón

         Estaban a punto de salir del FTL. Se soltó de las correas y se vistió con el mono de tripulante, hombros rígidos con los parches de todos los países armadores y la palabra CHRONOS sobre el pecho. Botas magnéticas calzadas, cayó atraído a la pared más cercana. Trotó con esfuerzo, apartándose pelo grasiento de la frente.
8 de septiembre de 2015
         Siempre le sorprendía el silencio dentro de los maglev. El aparato se deslizaba sin la menor sacudida, dejando atrás la estación de Pordenone. Apretó contra su pecho la mochila con el escaso equipaje. Hora de alejarse de Italia y sus clanes corporativos durante una buena temporada. Esbozó una sonrisa torcida: una nueva huida, un poquito más de información acumulada. Había dejado el trastero del puerto-su hogar los últimos tres meses-vacío. No había perdido nada y lo había ganado todo.

tarjeta de memoria


         Rebuscó dentro de la mochila, apartando la ropa usada. Sacó la carpeta, papeles polvorientos y antiquísimos recortes de periódico. De uno de los recortes cayó un finísimo rectángulo negro:
28 de junio de 2015
         ¿Qué hacía en la barriada un tío con pantalones de traje negros-de aspecto bastante caro por cierto-y camisa blanca abotonada hasta el cuello? Joven y moreno, rozando los treinta, el pelo castaño bien rapado como los demás miembros de la vasta legión de oficinistas a la que pertenecía. Mochila de deportes a la espalda y mirada de forastero. Estaba fuera de lugar, tramaba algo.

         Un fin de semana cojonudo, eso era lo que tramaba. A su alrededor en la plaza las farolas derramaban iridiscencia ambarina y perezosa que a duras penas lograba atravesar la llovizna con la que el cielo plomizo estaba salpicándolo todo. Desde los edificios clónicos pintados de gris las ventanas devolvían los sutiles destellos verdosos de los televisores sintonizados en el partido de liga. El extraño y tan fuera de lugar salaryman se sacudió y buscó algún portal en el que refugiarse, la lluvia le empezaba a calar. Tiró del asa de la mochila y se movió, incómodo. Pensó en la chaqueta del traje arrugada dentro de la mochila, tenía el logotipo de la compañía en la solapa. No podía arriesgarse.

salaryman

         Un estremecimiento le hizo sacudirse y tuvo que boquear aire varias veces para recuperarse. La familiar sensación del pulso irregular le golpeó en el pecho, la lluvia sobre la piel se hizo tibia en comparación con los sudores fríos. Arritmia, su corazón avisaba, como cualquier máquina, con irregularidades antes del fallo definitivo. Sacó de un bolsillo del pantalón su pastillero cromado y se echó dos pequeñas píldoras verdes a la boca. No ayudaban mucho, sólo calmaban las señales del inexorable deterioro de su músculo más importante.
11 de junio de 2015
               ¿Qué no era capaz? Quizás el Paulo que no llevaba cinco vodkas, pero él sí. Se encaramó al bordillo y vio como todos le miraban desde abajo. Esbozó una sonrisa, giró un poco la cabeza y con gesto grandilocuente le alargó el botellín a Tony.

―Sujétame la cerveza, que voy...

         Dio el salto, perdió el equilibrio y se quedó sin respiración. Sólo escuchó los gritos de la gente, después un parón brusco y ruido de muchas cosas blandas y viscosas rompiéndose. Parada cardiorrespiratoria y fundido a negro.

         Cuando volvió a abrir los ojos Paulo tenía ante sí un mostrador y un recepcionista. Estaba en un vestíbulo mal iluminado de un edificio que por lo menos tenía cincuenta años. El papel pintado de las paredes en algún momento había sido alegre, y ahora estaba cubierto con carteles de ánimo y de conciertos bandas de garaje cuyos nombres no había escuchado jamás. Bastante deprimente, más aún por el hecho de que intentaba no serlo, y de que no sabía cómo había llegado allí.

pasillo


         Llevaba desde que abrió los ojos sin respirar, inspiró en un extraño reflejo, fue entonces cuando descubrió que podía simular la acción pese a no necesitar aire. Parpadeó un par de veces, incrédulo. El recepcionista le hizo un gesto para que se acercase, camisa larga y desteñida, pelo engominado y gafas de pasta. Aquello no encajaba.
6 de mayo de 2015
         Nunca podía saber si era de día o de noche en su cuarto, porque tenía los cristales de la ventana cubiertos con gruesas capas de cinta americana negra. Willy miró el reloj a través de la neblina de su cerebro agotado, pudo distinguir las pequeñas manecillas cubiertas de pintura fluorescente. No le quedaba mucho tiempo. Contuvo un bostezo y dio el último sorbo a su cóctel de Adderall con Redbull. Cerró los ojos un segundo y se imaginó la taurina con dextroanfetamina corriéndole por las venas, acelerándole el corazón y fluyendo hasta el cerebro para provocar pequeñas explosiones de luz entre sus neuronas en penumbra. Como mucho tenía una hora antes de desmayarse y quedarse dormido. Resopló, una hora antes de morir.

post screen

         Ya había dejado un registro de lo mejor de sí mismo, incluyendo todo lo que había podido investigar sobre el sueño polifásico y el teléfono (y sus impresiones) de la chica que había conocido a las tres de la madrugada en La Facultad. La Facultad, el bar. De lo que era él, Willy 89, quedaría una fotografía y un diario digital de tres páginas en .odt para que Willy 90, fuera quien fuera, pudiera recordarle. La subida de la anfetamina le llegó como un suave latigazo cervical y una sensación de vértigo en la base del cráneo. Aprovechó aquel momento de falsa euforia para inclinarse sobre la pantalla del ordenador y poner a pantalla completa el visualizador del reproductor de música. Un baño de colores cayó sobre sus ojos, las líneas pulsaban al ritmo de los beats.
29 de abril de 2015
         Caí sobre la silla y crucé las manos delante del cuerpo, sobre la mesa que nos separaba a ambos. Él empezó a leer los papeles y yo me fijé en la pared salpicada de títulos que había a su espalda para matar el tiempo. Al cabo de un rato sólo se escuchaba el crujido de papeles y nuestras respiraciones disimuladas. ¿Sabes ese silencio en el que intentas fingir que no haces ningún ruido? Sí, ese, ese en el que parece que tragar saliva demasiado fuerte podría provocar un desprendimiento, no los soporto. Son el culmen de los silencios incómodos. Así que me puse recto en la silla y me animé para darle la versión resumida del escrito que le estaba presentando. Hablar es uno de esos ruidos que no se me da mal del todo:

linfocitos

         “Lo he estado pensando bastante” empecé, al principio mi voz sonó atronadora en el silencio. Él levantó la cabeza de los papeles y asintió, como si realmente le interesase mi historia, supongo que por educación. “Primero bastante jodido, ¿no? Ya que no consideraba para nada normal eso de ponerme malo mes sí y mes también, cogiendo cada  puto resfriado que se cruza en mi camino” al ver que no me cortaba, seguí más animado.
9 de abril de 2015
         El Gemekala se alejaba de la zona de batalla a toda velocidad. Tras el fulgor de sus motores quedaban los destellos de las explosiones nucleares entre el campo de escombros. Todo lo que quedaba de la flota, las naves dañadas a la deriva cuyos reactores en estado crítico detonaban antes de morir para siempre. En la sala de mando de su destructor, el Comandante observó las pantallas holográficas.

         Pensó en las tripulaciones, poco más que partículas carbonizadas flotando libremente en el vacío entre pedazos de fuselaje y gas ionizado. El enemigo lo había vuelto a hacer, habían utilizado armas termonucleares para crear una nube de plasma y engullir su flota. El Comandante se inclinó sobre las lecturas de radar e hizo un fuerte gesto de negación. Sólo el Gemekala había sobrevivido al combate.

invasores fotografía


         Se irguió en la sala de mando y dio media vuelta para salir. A su alrededor la tripulación intentaba reparar los daños sufridos a contrarreloj, bajo un baile de chispas y cableado en llamas. Una vez más la flota no había podido detener a los alienígenas, y ahora el Gemekala se batía en retirada dejando las colonias de Espara y sus quinientos millones de habitantes a merced del enemigo.
23 de marzo de 2015
―No me jodas, ¡eres un hacker de esos!―María lo dijo con un tono de asombro infantil.

         Radko la miró entre la neblina de humo de tabaco y olor a fideos coreanos picantes que manó de su habitación en cuanto abrió la puerta. Ella señalaba con el flacucho brazo extendido-una miríada de pulseras de plástico chillonas sobre la piel morena-en dirección hacia la pantalla que había sobre el escritorio. Estaba apagada, asediada por ropa sucia y botes vacíos de Samyang Foods Buldalk Bokkeummyeon.

ordenador


―¡Qué dices!―Radko negó con la cabeza y se apartó de la puerta para dejarle pasar.

         María rodeó la cama deshecha y fue hasta la pantalla del ordenador apagado. Lo miró como una pieza de museo.
11 de febrero de 2015
         Nathan dio vueltas al pequeño objeto cromado entre sus dedos, ignorando el ruido de la terminal del aeropuerto a su alrededor. Pasajeros de quince vuelos internacionales llamaban por teléfono, se despedían y se movían nerviosos a su alrededor. Guardó la discreta pieza metálica, si todo salía bien quizás sería la última vez que podría viajar en avión llevando uno de aquellos. Si salía bien. Vale que después de toda aquella movida del 11S las compañías aéreas y los gobiernos estaban estirando hasta límites insospechados la paranoia ciudadana, pero aquello, lo que pretendía el lobby, era casi demasiado.

nailclipper


         Un aviso de megafonía, era su vuelo. Se levantó y ajustó las solapas de su chaqueta antes de embarcar, le reconfortó el tacto del algodón teñido de negro. Caminó siguiendo la hilera de oficinistas trajeados, guiñó un ojo a la azafata por puro reflejo y, una vez dentro del Boeing 767, se sentó en su amplio asiento de primera clase. Volvió a sostener el objeto metálico entre los dedos, su supuesta arma. De seguir algún tipo de filosofía, un bushido, Nathan jamás habría aceptado el trabajo. Deshonroso para cualquier experto en armas era decir poco. En todo caso, de seguir una filosofía, la suya debería haber sido la de los mercenarios, y era bastante probable que no existiera. Un mercenario con principios inamovibles le sonaba como una contradicción. Pero sí que tenía orgullo, y aquel trabajo, aunque sorprendentemente bien pagado, se lo estaba hiriendo.

         En su faceta de experto en armamento, le contrataban para toda clase de cursos y demostraciones inverosímiles a gobiernos, generales y grupos paramilitares. De todas sus actuaciones esta se llevaba la palma. Guardó el metal empañado en el bolsillo. El avión despegó rumbo a Washington. Si los convencía a ellos, le habían dicho en el lobby, el resto de gobiernos del mundo les seguirían por puro reflejo y por no ser menos. Participaba, quizás, de la conspiración más estúpida y absurda que jamás hubiera tenido lugar. Mucho más estúpida aún que la de la licra premeditadamente debilitada en los albores de la obsolescencia programada.
21 de enero de 2015
         Cuando la camarera dejó el plato sobre la mesa él lo observó como si se tratara de una delicada obra de arte. Aroma y estímulo visual se conjuraron, la boca se le hizo agua tan rápido que a duras penas pudo balbucear un “Gracias” a la chica después de tragar nada. Ray se quedó un segundo pasmado, rojo hasta las orejas, antes de mirar de nuevo a su mesa y olvidarlo todo.

         Trucha con lecho de cebolla caramelizada y piñones silvestres. Miró el ojo del pescado, como siempre decían que debía hacerse. Debía ser fresca, llegada como mucho hacía un par de horas a la lonja del puerto. No le dio más vueltas, hundió cuchillo y tenedor para saborear su premio. Aquello era su recompensa, sí. Siempre celebraba que había terminado un trabajo comiendo trucha de piscifactoría en el único restaurante de la ciudad que la traía fresca y que la preparaba a su gusto. Esbozó una sonrisa, masticando con la boca cerrada, diminutos pedacitos de trucha enredados en su bigote y perilla recortados. Acababa de ganar un millón novecientos mil y lo celebraba con un plato de 55, era un tipo de costumbres sencillas.

nataraja

      Cerró los ojos, estaba deliciosa. El contraste de sabores en el plato era perfecto para él, la suavidad de la textura del pescado tierno con el ligero crujir de los piñones... Se sorprendió a sí mismo en medio del restaurante poniendo una expresión de placer casi obscena. Luego rió, los demás se podían joder, había ganado suficiente como para comprar el garito.
11 de enero de 2015
         Gimió con voz ronca, tratando inútilmente de que su cuerpo obedeciera. Abrió los ojos y estos lanzaron a su cerebro la imagen del pasillo en penumbra. En el suelo de madera polvoriento sólo se veían las marcas de infinitas rodaduras, las de la silla de ruedas sobre la que su cuerpo estaba desplomado. El sol casi no lograba filtrarse a través de las ventanas sucias, tapadas con cinta aislante pegada directamente al cristal.

silla automática

         Giró el cuello con esfuerzo y vio el pasillo pasar de largo, daba la sensación de que él era el eje y todo lo demás se movía a su alrededor. El pasillo desapareció, la puerta principal de la casa se abrió con un agudo chirrido de servomotores mecánicos y el sol le dio en la cara. No calentaba, y todo lo bañado por su luz parecía gris y mortecino, quizás era un defecto de sus ojos. Hacía mucho tiempo que el cuerpo había dejado de funcionarle correctamente, y los fallos tendían a apilarse de una manera mucho más constante y eficiente que las mejoras.
16 de diciembre de 2014
         Un pequeño salto de cuarenta y cinco centímetros de ancho puede resultar espantosamente difícil. Sobre todo si te tropiezas jadeando con el parapeto de hormigón de una azotea. Puede ser aún más jodido cuando esos cuarenta y cinco centímetros están entre edificio y edificio, con una caída de novecientos metros (unos trecientos setenta pisos, más o menos). El espacio, y no sólo el tiempo, resultan relativos para el observador.

hueco edificios

         Aquel pequeño salto era un abismo terrorífico para Lord. Se apoyó contra el muro-al menos su abdomen, que se aplastó sacándole todo el aire de los pulmones-y sus manos se aferraron al hormigón húmedo y pegajoso. Sus ojos miraron al vacío neblinoso y lanzaron una señal de pánico al cerebro. Pero tenía que seguir, a su espalda escuchó los pitidos sintéticos de las radios y el ruido de las botas de puntera metálica que utilizaban los policías.
19 de noviembre de 2014
         Con el cambio climático La Laguna volvió a hacer honor a su nombre. Las tormentas constantes inundaban la ciudad y el agua turbia reclamó su lugar engullendo los adosados de los adinerados. En el centro, la lluvia ácida caía con inclemencia sobre Zero. Las gotitas de color óxido le dejaban un residuo marrón sobre la chaqueta de cuero. Se echó la capucha sobre la cabeza y caminó por las pasarelas con columnas bajo los enormes edificios. No lograban evitar que la lluvia, empujada por un viento lateral, diese contra la marea humana que intentaba refugiarse del tiempo inclemente. Los coches eléctricos pasaban con un zumbido, dejando como rastro géiseres de agua sucia que empapaban a quienes estaban demasiado cerca de la calzada.

         Zero se arrebujó en la chupa de cuero, protegido de las miradas por la capucha, y caminó encogido entre la gente con las manos en los bolsillos. Prestaba especial atención a los paraguas de aristas afiladas, llevados por peligrosísimas sexagenarias que lo ponían justo a la altura perfecta para sacarle un ojo. Su segunda prioridad era vigilar a los carteristas marroquíes y las atracadoras rumanas, que atraían con el canto de sirena de sus faldas de vinilo en colores chillones, poco más anchas que un cinturón.

Interfaz Visual

         Pero él estaba de vuelta de todo eso, miraba con una mezcla de asco, envidia y piedad al resto de sus congéneres, esquivándolos para llegar lo antes posible a la estación del tranvía. Aún con las manos en los bolsillos, Zero se tocó el paladar, justo detrás de las paletas, con la lengua. Con aquel movimiento se activó una respuesta gestual en su cerebro. Finísimas líneas de fósforo verde atravesaron su campo visual, injertadas directamente al nervio óptico gracias a la placa de silicio de 35nm que tenía detrás de la oreja derecha, incrustada en el hueso.
12 de noviembre de 2014
Año 100

         La chica dejó las flores sobre el granito perlado de rocío. Miró el cartelito de bronce de la tumba sin saber bien que hacer. Ella no creía en todo aquello de la otra vida. ¿Realmente tenía que ponerse a hablar sola, como en las películas? Se agarró la camiseta, la imagen de Freddie Mercury con chaqueta amarillo chillón se deformó cuando tiró del tejido. Quedó muda, mirando las letras grabadas al ácido en el bronce. Su lengua jugó con el aro de cromo que le atravesaba el labio inferior.

         Lo de las flores podía entenderlo, una señal de respeto para los vivos, un ritual de recuerdo. Pero lo de hablar, simplemente no iba a salirle, igual que las lágrimas que tenía contenidas. Su madre estaba muerta y allí sólo había un cadáver bajo un par de metros de hormigón y un nombre que ya no significaba nada. Ladeó la cabeza, después se giró cuando sintió que alguien se le acercaba.

epsilon eridani


         Era un tipo de su edad, vestido con uniforme militar de fatiga de la marina. La chaqueta estaba sucia, tenía las mejillas cubiertas de barba rasposa mal cuidada, los ojos marrones enmarcados en grandes ojeras la miraban con interés. Ella se apartó un paso de la tumba.

3 de noviembre de 2014
        ¿De qué color estaba el cielo? A Bill le habría gustado saberlo, pero no podía verlo. Alzó la mirada borrosa entre los edificios y los cables oxidados que saltaban de balcón en balcón, más allá de las letras cirílicas que resplandecían por doquier en las fachadas. Allí arriba lo único que veía era roca negra húmeda, alternada con placas de hormigón reforzado y aluminio que sostenían la Ciudad Alta. Su cielo era gris con luces de balizamiento y rendijas de ventilación, sus nubes volutas de vapor de agua y gasoil.

        Le dolía horrores la cabeza. Estaba tendido en la esquina de un callejón, bañado por la luz verdosa del escaparate de una tienda de electrónica cerrada. Gotitas de agua jabonosa le caían sobre el cabello corto y apelmazado teñido de violeta. Olía a basura, aceite y alcohol etílico. Se incorporó con dificultad y la cabeza le dio vueltas. No recordaba haber llegado allí, pero los dolorosos latidos de la resaca en sus sienes le decían que quizás era mejor no acordarse. Se levantó lentamente como si su cabeza estuviera llena de nitroglicerina, se apoyó en la pared del callejón y se sacudió la ropa intentando adecentarse. Estaba hecho un asco, pero eh... al menos no le dolía el estómago.

capsule hotel


        Bill se colocó bien la chupa de cuero de motorista y se echó sobre la cabeza la capucha de la sudadera gris que llevaba debajo. Empezó a caminar dando patadas a las cajas húmedas y las latas vacías del callejón, con las manos en los bolsillos. Su mente aún estaba en un estado de confusión absoluto, incapaz de recordar dónde estaba, dónde había estado o a dónde debería ir. Sentía un dolor sutil y persistente en la parte trasera del cráneo, extraño. Él era, entre otras cosas, un yonki profesional. Un maestro del arte de ponerse ciego y volver de entre los muertos al día siguiente. Tenía la mente anulada como en una de sus malas resacas, pero el resto del cuerpo sólo estaba aturdido. Salió a las calles saturadas de gente y penumbra perpetua de la Ciudad Baja. No era un lugar oscuro, las vallas publicitarias led, los escaparates, las farolas... había toda clase de fuentes de iluminación.
26 de octubre de 2014
                 Joan se acercó peligrosamente a la pantalla del ordenador, sus retinas se quejaron. Trató de esforzarse en distinguir algo en la foto borrosa, pixelada y mal enfocada que le habían mandado. Era parte del trabajo, se había hecho un hueco en el mundo de lo paranormal. Su blog era seguido por cientos de personas y el auto-proclamado investigador recorría toda la península con su Ford en busca de misterios. Así que ya tenía su experiencia con fotos borrosas y datos inconclusos. De hecho para él un misterio publicable era aquel lo bastante ambiguo como para que falsarlo costase un trabajo empírico considerable que sólo los más acérrimos anti charlatanes estarían dispuestos a hacer gratis.

chica fantasma


         Miró de nuevo la foto: blanco y negro (¡cómo no!) sacada por alguien con el pulso de Michael J. Fox y la capacidad de encuadre de Ed Wood. Había en el centro una figura que parecía humana, vestida con algo blanco. Quizás un vestido, quizás una sábana vieja... Llevaba el pelo largo y en el óvalo desenfocado que podía ser su cabeza brillaban siniestramente dos puntos de luz, ¿ojos?