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28 de diciembre de 2015
El Teniente Comandante era, probablemente, el único que se tomaba en serio su trabajo en el centro de respuesta nuclear. Recién ascendido, quizás aún soñaba con los uniformes negros de la vieja URSS. Artem consideraba su destino bajo tierra una especie de castigo.


―Hay que estar atentos a todo―repitió el Teniente a su espalda, el fingió concentrarse más en la pantalla de radar―La situación en Paquistán es un jodido desastre, y si los saudíes intentan meter a su Fuerza del Escudo Peninsular, no quiero imaginar lo que podría pasar.

Artem asintió, en el fondo el Teniente tenía razón, eso sólo le jodía aún más. Como siempre, los radares no marcaban nada, todo estaba soporíferamente tranquilo y correcto. Tener la obligación patriótica de mirar fijamente pantallas que indicaban que todo iba bien, sin cambios, era tarea para un Sísifo moderno. Bostezó, y se cuidó de hacerlo mirando fijamente a la pantalla para que el Teniente Comandante no se diera cuenta.

El hombre de treinta años miró su reloj de pulsera.

―Las nueve y cinco, ¿y la llamada de las en punto?―preguntó.

Al lado de Artem, Yermolay sacudió la cabeza.

―No ha llegado.

El Teniente se giró con la mandíbula apretada.

―Entonces quiero una comprobación de todos los sistemas. ¡De todos!

―Teniente Comandante, señor―empezó Yermolay―Quizás sólo se trata de un retraso.

Nosotros no nos retrasamos, Votyakov.

Artem no esperó la orden directa, comprobó las lecturas de radar y el software de control de los detectores sísmicos. Ni una alarma, ni siquiera advertencias. El Teniente estaba comprobando un receptor de radio.

―La señal de control de Naro-Fominsk ha desaparecido del espectro―había preocupación en la voz del oficial―Señores, necesito un diagnóstico doble, y en menos de dos minutos. Votyakov, llama al Mando.

Artem reinició los sistemas para forzar un diagnóstico completo, escuchó a Yermolay colgar y descolgar varias veces el teléfono.

―No tenemos línea, Teniente Comandante.

El oficial se apartó de la radio.

―Tampoco responden las radios, todo el espectro está en silencio―se alejó por el pasillo de hormigón y desapareció en su oficina. Artem y Yermolay se miraron.

Una mañana jodida, nada más. No podía ser otra cosa. El radar no marcaba absolutamente nada, ni los detectores sísmicos, ni una sola alerta en todo el óblast de Moscú.

―Se ha caído la jodida zumbadora, eso sí que es raro―dijo Yermolay. Artem sacudió la cabeza.

―Tonterías, ya se cayó hace un par de años cuando reorganizaron el distrito militar. Es una reliquia de la Guerra Fría, nada más―señaló a su pantalla―No está ocurriendo nada.

El Teniente Comandante apareció con un par de tarjetas de plástico negro en una mano, tiró del hombro de Yermolay.

―Sube arriba y dile a los que estén de guardia que cojan unos prismáticos, salgan fuera y hagan reconocimiento visual de Naro-Fominsk. ¡Vamos!

Yermolay desapareció al trote por el pasillo, con cara de no comprender. El Teniente se inclinó sobre la consola de Artem, hundió su peso en la silla.

―Todos los sistemas están en verde, señor, nada extraño―informó él.

―El número veintiséis, lleva fallando dos semanas, ¿hoy?―preguntó el Teniente.

―Ni una sola vez, desde ayer a las cero-cero.

El oficial arqueó una ceja. Miró las pantallas, intentando atravesarlas para mirar el corazón del sistema operativo.

―Intenta imprimir―ordenó.

―No tenemos ninguna impresora en esta consola, señor―respondió Artem.

―Intenta imprimir, ¡cojones!

Seleccionó uno de los documentos de seguridad y trató de imprimirlo. Un microsegundo de carga y, nada.

―No hay mensaje de error―Artem ladeó la cabeza. El Teniente se puso en tensión y se incorporó.
―Es porque no es nuestro sistema, nos han jodido―golpeó la pared―Nos han jodido bien.

El oficial corrió hasta la radio, Artem siguió en la silla, tratando de provocar un error, de hacer reaccionar el sistema. Era complaciente e infalible, era un sistema falso.

―...hay humo, un montón de humo. Teniente Comandante, señor, sólo vemos humo―era una voz por radio.

Artem se acercó a la radio, vio al Teniente rastrear el dial, en busca de cualquier señal. Todo estaba muerto. La señal de control había desaparecido.

―Que todo el mundo vuelva dentro―ordenó.

Fue hasta el control de misiles.

―Deben haberse cargado un par de centros de respuesta, pero nosotros aún podemos...

―¿Señor?―Artem dio un respingo―No tenemos órdenes del Mando.

―Sí que las tenemos, y no han variado en setenta años―desbloqueó el control e introdujo una de las tarjetas de plástico negro.


Tres minutos después volaron las ojivas, y en tres horas todas las radios zumbadoras callaron al fin. 
17 de diciembre de 2015
Siete frecuencias de pitidos desagradables entremezclados con estática retumbaban en el dormitorio. A un volumen bajo (para que no se quejaran los vecinos) y repitiendo sus ruidosos graznidos a intervalos regulares. A Pao le fascinaban las radios zumbadoras, eran la razón por la que había comprado un equipo de radioaficionado. ¿Mensajes cifrados en las ondas? ¿Conspiraciones de espionaje mundial? ¿Ruido blanco para mantener ocupados canales importantes? La única certeza eran las señales agudas y rítmicas, los zumbidos, y las frecuencias de emisión. Un misterio no resuelto del mundo moderno, nacido en los cincuenta.

radio signal
  
Sus amigos no compartían la pasión de Pao por las frecuencias de ruido blanco, que a veces rompían su mutismo para recitar secuencias de números. ¿Comprobaciones aleatorias o mensajes en clave? No le importaba, ni siquiera le importaba comprender el misterio, sencillamente quería vivirlo, respirarlo y escucharlo, apuntar en su cuaderno los momentos en los que cada frecuencia quedaba muda o lanzaba una ristra de números. Quizás la explicación resultase decepcionante, frente a las posibilidades del misterio.

Silencio abrupto, Pao comprobó el ordenador. Era más cómodo escuchar las radios por internet. Las páginas habían dejado de cargar, en la barra de tareas junto al reloj el icono de conexión quedó gris, eclipsado por una dramática cruz roja. Comprobó los cables, reinició el router e incluso lo miró con furia, pero no recuperó la conexión. La maldita ISP, como siempre.

Encendió el equipo de radioaficionado y buscó la frecuencia de la única radio de ruido blanca que podía escuchar desde casa, un pequeño espacio en la Banda E de la OTAN, la habían triangulado en algún lugar cerca de Marruecos. Estática y silencio, la zumbadora había desaparecido.

Desempolvó el mando de la tele, casi todos los canales del digital habían desaparecido, ¿había tormenta? Pao se asomó a la ventana y vio un cielo despejado y tranquilo, con algunas nubes blancas y esponjosas. La antítesis del clima amenazador y creador de interferencias de onda. Siguió zappeando, las televisiones autonómicas emitían sin problemas: Programas de cocina con monjas y cine western.

Como mínimo, aquello era raro. En su móvil la red de datos había desaparecido también, adiós a la mensajería instantánea. La cobertura tampoco era ninguna maravilla, pero tenía. Miró al aparato de radio, la zumbadora de la OTAN en Marruecos no se había callado más de treinta segundos desde que la pusieran en marcha en 2019. ¿Qué demonios estaba pasando? Buceó por la agenda del teléfono y dio con el número de Fantasma, tres tonos antes de la respuesta.

―Charlie Foxtrot, no esperaba una llamada tuya.

―Ey tía, ¿tienes internet?

―Curioso que lo preguntes, se me cayó hace un momento.

―A mí también―respondió, miró de nuevo por la ventana.

―Las radios nacionales están muertas, sólo quedan las locales, tertulia deportiva y tal, nadie dice nada... espera...―se escuchó un crujido al otro lado del teléfono―Se han caído, un inhibidor del ejército supongo.

―Mierda, te llamo en un momento―colgó sin esperar la despedida y fue hasta el equipo de radioaficionado.

Radios de onda corta, del ejército, canales codificados. Volvió a sintonizar la frecuencia zumbadora de la OTAN en Marruecos, un silencio que le puso los pelos de punta. Algo le obligó a vestirse, Pao sacó una sudadera negra con capucha y tenis para correr de la montaña de ropa junto a la cama y se equipó para convertirse en fugitivo. Sonó el móvil, Fantasma otra vez. Pao miró a la ventana que daba a la calle, no se veía un alma, pero creyó escuchar ruido a un par de manzanas de distancia. Descolgó el teléfono.

―La zumbadora de Marruecos está muerta―anunció Fantasma.

―Lo sé, ¿y las demás?

―No lo sé, está todo caído, hemos vuelto a los cincuenta, amigo. En Gando están despegando cazas, y hay militares en las calles, supongo que ellos han inhibido la radio local.

Pao dudó un segundo y miró por la ventana, ¿una broma pesada de Fantasma?

―Me estás vacilando, ¿militares? ¿Otra guerra civil para el contador?

―No creo, nadie está proclamando que va a salvar España. Si es una guerra, y se han callado las zumbadoras, no será civil.

La espalda de Pao se sacudió con un escalofrío.

―Tú y tu puta teoría, te llamo en cinco minutos, a ver si en la calle saben algo.


Se asomó por la ventana, casi esperando ver las terribles estelas de vapor blanco. Nada. Fantasma siempre había dicho que las radios zumbadoras eran un sistema analógico de fail-deadly. Y ahora se habían callado.
16 de febrero de 2015
La guerra estalló en el año 258. Hasta entonces el conjunto de sistemas unidos por rutas comerciales, conocido como Anillo Áureo, era lo bastante próspero como para tener su propia cronología. Matiz, Gigante, Jovian y Aqueronte, sus ciclos sincronizados en años de trescientos días con veintidós horas estandar. Aislados del resto de sistemas estelares vecinos, menos poblados y decididamente más pobres, los estados del Anillo Áureo se entregaron a consolidar un entramado comercial y diplomático para asegurarse la estabilidad de unos mercados clave para una futura expansión sobre sus vecinos menos afortunados. Tensiones, problemas comerciales y pacificación de gobiernos locales eran resueltos con una mezcla de negociaciones y diplomacia de cañonera.


En el sexto mes del año 258(AA), una flota enviada desde el planeta principal del Sistema Aqueronte, del mismo nombre, entra en combate con las fuerzas defensivas de Aquilea Delta, en el Sistema Gigante. Por primera vez en la historia conocida se emite una declaración formal de guerra a escala planetaria. Todos contienen la respiración, temiendo que la deflagración se extienda al resto del Anillo. El comercio queda paralizado y las relaciones diplomáticas se congelan. Las flotas de Aqueronte asedian Aquilea Delta... 
21 de enero de 2015
         Cuando la camarera dejó el plato sobre la mesa él lo observó como si se tratara de una delicada obra de arte. Aroma y estímulo visual se conjuraron, la boca se le hizo agua tan rápido que a duras penas pudo balbucear un “Gracias” a la chica después de tragar nada. Ray se quedó un segundo pasmado, rojo hasta las orejas, antes de mirar de nuevo a su mesa y olvidarlo todo.

         Trucha con lecho de cebolla caramelizada y piñones silvestres. Miró el ojo del pescado, como siempre decían que debía hacerse. Debía ser fresca, llegada como mucho hacía un par de horas a la lonja del puerto. No le dio más vueltas, hundió cuchillo y tenedor para saborear su premio. Aquello era su recompensa, sí. Siempre celebraba que había terminado un trabajo comiendo trucha de piscifactoría en el único restaurante de la ciudad que la traía fresca y que la preparaba a su gusto. Esbozó una sonrisa, masticando con la boca cerrada, diminutos pedacitos de trucha enredados en su bigote y perilla recortados. Acababa de ganar un millón novecientos mil y lo celebraba con un plato de 55, era un tipo de costumbres sencillas.

nataraja

      Cerró los ojos, estaba deliciosa. El contraste de sabores en el plato era perfecto para él, la suavidad de la textura del pescado tierno con el ligero crujir de los piñones... Se sorprendió a sí mismo en medio del restaurante poniendo una expresión de placer casi obscena. Luego rió, los demás se podían joder, había ganado suficiente como para comprar el garito.
18 de octubre de 2014
Puedes leer la primera parte de la historia aquí.
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―Despierta―dijo la voz, era una orden. Un pinchazo en el brazo, fuego de mercurio caliente inundó su torrente sanguíneo y le obligó a poner todos los músculos en tensión y a abrir los ojos.

         Dosdientes tosió como si hubiera tragado agua y estornudó, la sangre hirviente le estaba trepando por la base del cráneo para obligar a su cerebro a conectarse. Alguien le sujetaba por los hombros, poco a poco su visión se fue definiendo y trató de poner en orden sus sensaciones. Dolor amortiguado en la cara, frío en la piel y temblor espasmódico en los músculos. Estaba en una sala con suelo y paredes de hormigón iluminada con halógenos blancos. Detrás de ella había alguien, y al intentar moverse notó en las muñecas las sujeciones que le ataban a la silla de cuero pegajosa. Olía un poco a aceite de motor y antiséptico barato, apestaba bastante a ella misma y a la ropa que llevaba tres semanas sin quitarse, pero por encima de todo flotaba un olor que le daba pinchazos a su instinto animal: sangre y miedo, como debía oler un matadero. Vale, oficialmente estaba acojonada, el corazón empezó a golpearle con fuerza en el pecho.

sotano y escaleras


         Buscó con la mirada a sus amigos, pero estaba sola aquella habitación que parecía un zulo muy profundo. Bueno, no estaba sola, era peor.
9 de septiembre de 2014
         Comprobó las lecturas en los cuatro monitores, miles de líneas de código, blanco brillante sobre el fondo negro de los TFT. Llevaba semanas obteniendo resultados perfectos en las simulaciones, pero ahora era diferente. La silla de cuero negro, envuelta en marañas de cables unidas con bridas de plástico, podría haber sido sacada de una película de scifi, lo que le erizó el vello del cuerpo fue que era real.



         Suspiró, era el día, escaparía. Se sentó sobre la silla y conectó los electrodos por todo su cuerpo y a la cabeza. Por fin cruzaría la frontera que ningún ser humano había cruzado antes, trasladaría su consciencia al mundo digital, viajaría a un universo carente de fronteras físicas y de impedimentos biológicos. Su mente se expandiría en toda la capacidad disponible, hasta funcionar en el espacio de proceso de un computador cuántico. Pero no podía evitar estar aterrada.
24 de noviembre de 2013


Llovía, y los truenos retumbaban en el cielo justo sobre la ciudad, confundiéndose con el ruido de las turbinas de los aviones que descendían sobre el aeropuerto en el extrarradio. La gente cruzaba las aceras de la avenida apretando el paso y haciendo equilibrios con paraguas demasiado frágiles para evitar que la espesa cortina de agua les empapara. Los coches detenidos en un semáforo pitaban y pitaban, sus motores generaban una nubecilla de humo que se condensaba con la humedad del aire.

         Ella lo observaba todo desde la penumbra entre los altos edificios de la avenida, a la entrada de uno de los estrechos callejones que desembocaba como afluente a la arteria principal de la ciudad. Los bloques grises grasientos y las carcasas de aparatos de ventilación oxidada le arropaban, casi le rodeaban, protegiéndole un poco del frío. La gente que pasaba por al lado ni siquiera se daba cuenta de que estaba allí, mucho menos de que estaba tiritando. Le dio igual, estaba acostumbrada a que la gente ni le mirase, a sentirse parte del mobiliario urbano, apenas un poco por encima de los bancos del parque en la jerarquía. 



Si la gente reparaba en ella, en el mejor de los casos le miraban por encima del hombro y se apretaban disimuladamente (o no tanto) las carteras en los bolsillos, o los bolsos, o lo que fuera que llevaban y consideraban de valor. Como ejercicio, ella procuraba devolverles la misma indiferencia.
11 de octubre de 2013

La guerra que todos estaban esperando

         Aunque la estructura de los subsistemas inferiores soltaba los mismos crujidos metálicos, el mismo sonido del aire soplando entre las pasarelas suspendidas cincuenta metros sobre el agua, ahora a Fer le parecían presagiar el inminente desplome del Centenario. Era una sensación comprensible, teniendo en cuenta el sonido lejano y constante del barco de guerra desconocido, junto a las explosiones y disparos que retumbaban ocasionalmente.  

         Una vibración sacudió la pasarela por la que corrían, el técnico se aferró con fuerza al pasamanos metálico rugoso por el salitre y miró hacia abajo, al barco gris y amenazante que flotaba inmóvil sobre el azul del mar. Le parecía cada vez más grande.




―¿Quieres moverte? ¡Vamos!―le espetó Carlos, el soldado acompañó sus palabras de un golpe en el hombro de Fer. 
10 de octubre de 2013
Antes de que termine esta semana (como siempre, Internet es mi testigo) hay planeada una nueva entrega de relato corto para Ciudades del Futuro. Había pensado mantener un silencio de radio hasta ese momento, pero luego decidí que estaría bien amenizar esto con algo que no fuera un relato, y además me permitiera crear un pelín de hype (en el buen sentido)


4 de octubre de 2013

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         Hacía un calor infernal, no soplaba el viento y parecía que el mismo aire estaba hirviendo. El sol caía a plomo sobre las casas grises y las calles desiertas, el polvo llegado desde el Sahara tupía la atmósfera dándole al cielo un color beige. Al este apenas podían distinguirse en el horizonte los altos edificios apelotonados de la capital, el mar más allá era un sutil trazo de azul titilante tras la capa de tierra marrón y contaminación del aire.

Cuando Ann jadeaba tratando de introducir aire en sus pulmones lo que entraba era vapor caliente con sabor a tierra seca. Se detuvo y bajó la vista, tratando de salvar sus ojos de la luz cegadora. Se fijó en una brizna amarillenta que salía de una grieta del asfalto bajo sus botas marrones, sucias y maltratadas, como la brizna. Las grietas del asfalto y la acera estaban salpicadas de esqueletos resecos y amarillentos de las malas hierbas.
1 de octubre de 2013

El Centenario

         Carlos se asomó por encima del parapeto blindado de 1,20 y escupió a las centelleantes olas. Cincuenta metros por debajo de él las aguas azul profundo del Océano Atlántico se agitaban con crestas espumosas, como si trataran de alcanzar la masiva estructura del Puente. ¿Estaba furioso el mar, quizás? ¿Frustrado por la mano del hombre que una vez más le había desafiado? Eso le parecía a él, pero Carlos era un poco animista.

         Aquella mañana fría y húmeda el cielo estaba vacío, sin nubes, y de un azul pálido con tintes de ámbar. En días como aquellos podían verse claramente ambas islas en el horizonte. Carlos miró a izquierda y derecha, tratando de distinguir las siluetas de montañas entre la niebla, lejos a cada lado. Sonrió, y agarró el parapeto de metal salpicado de salitre como si con ello quisiera reforzar la sólida y masiva estructura.



El Puente Memorial Centenario conectaba las islas de Gran Canaria y Tenerife, una gruesa estructura flexible de más de sesenta y cinco kilómetros de titanio, acero y nanotubos de fibra de carbono. La gigantesca obra de ingeniería tenía un único pilar de soporte central en el kilómetro cuarenta (contando desde Santa Cruz). Lo habían construido hacía cincuenta y seis años, en un esfuerzo conjunto de ambas Federaciones, para marcar con su inauguración el centenario de la independencia, y para demostrar que podían hacerlo. De ahí su original y grandilocuente nombre, pero la mayoría de la gente se refería a él simplemente como El Centenario.  
18 de septiembre de 2013
         Tomi pensó que su casa era bastante típica, era el máximo exponente de la vivienda obrera de suburbio del Siglo XXI. Casi como una conspiración, ¿no? El típico tío llamado Tomás, que vivía en la típica casa en La Salud, nombre, por otro lado, bastante irónico. Le parecían curiosos algunos nombres, a Tomi. ¿La Salud? No muy salubre, ¿El barrio de la Alegría? Joder, que no le hicieran hablar de eso...

         Se estaba perdiendo, ¿en qué pensaba? Ah sí, ya. La manida conspiración que a veces elucubraba. Le ocurría sobretodo en momentos como aquel, cuando desde la calle miraba su pequeño balcón. Era un segundo piso. El balcón, estrecho, parecía incrustado en una esquina de la casa: Una balaustrada de plástico opaco que imitaba cristal, reforzada con rejas, clavado todo en ángulo agudo entre dos paredes exteriores que distaban metro y medio la una de la otra, la reja era tan alta que impedía asomarse para mirar. La pintura exterior del edificio era gris, pero daba la impresión de haber sido de un azul vivo y alegre en algún momento, alrededor de los ochenta probablemente. Los balcones se amontonaban uno encima del otro casi aplastándose, negándose la luz, hasta perderse en la neblina que ocultaba los edificios más allá del décimo-primero.

         Él había puesto plantas. Un par de maceteros de barro cocido rojos, sucios, albergaban unos helechos mustios y amarillentos que daban un toque de alegría al pequeño balcón, tan estrecho que ni siquiera podía meter la bicicleta. Lo había intentado una vez, luego había tenido que dejarla en la calle y se la robaron.

         Alguien rompió una botella contra el asfalto, se alzaron los gritos. Tomi se encogió en el muro junto a la calle y miró para otra parte. En el bar de en frente, uno de esos bares que siempre estaban abiertos y olían a puro y a cerveza, dos tipos estaban ajustándose las cuentas. “Probablemente por alguna discusión de futbol, pobres hijos de puta” pensó él, apuró otra calada de su cigarrillo y se miró la mano temblorosa. No le gustaba estar en la calle, la calle daba asco, era triste, los edificios de balcones estrechos y paredes grises parecían inclinarse sobre él, sepultarlo y ocultar todo lo demás de su vista. Los cables negros y pardos se enredaban entre los aparatos de ventilación oxidados y crecían como lianas sobre su cabeza... era deprimente.

         Jimmy Jazz apareció por el lado opuesto de la calle, desde la oscuridad (aquel tramo de farolas llevaba sin arreglar desde el año pasado) con una sudadera negra y la capucha sobre la cabeza, pese al calor. Llegaba tarde, el cabrón. Tomi quiso decirle algo, pero la euforia de verle le quitó toda actitud crítica.

―Tomi, amigo, ¿qué tal? Perdona por tardar, pero la policía está un poco paranoica últimamente, que cosas―miró la pelea, sus ojos brillaron por un segundo reflejando la luz de un cartel halógeno―Y estarán aquí en seguida, pero esos les distraerán.

         Jimmy Jazz era un camello de poca monta, uno de esos amigos que ves cuatro años después de dejar la secundaria y de pronto está pasando dextroanfetamina. Bueno, igual no era una historia tan común en otras partes, pero en los barrios obreros de la capital parecía de libro. A Tomi su mote le parecía una mierda, pero no le gustaba que le llamasen Pedrito en público.

―¿Cuanto quieres, coleguita?―sacó una bolsa de plástico repleta de pastillas blancas pequeñas, sin marca, y adoptó una expresión extática―Estas son geniales, se las pillé a un tío de Estocolmo, en el Sur... nunca he probado nada igual...

         Tomi le miró, sonriendo. Ya claro, el capullo seguro que ni las había probado, ¿Estocolmo? ¿Qué sería lo próximo? Todos los camellos tenían algo de embaucador, obviamente, y Jimmy Jazz, Pedrito, no era distinto. Pero era un colega, pasaba a buen precio y no te la jugaba demasiado, sería incapaz de vender tu pellejo a un precio bajo, y eso era algo difícil de decir de otra gente.

―Déjame quince pastillas―Tomi sacó un billete arrugado de cincuenta―fíame los otros cuarenta.

         Jimmy Jazz pareció pensárselo un segundo, después asintió y colocó de nuevo su sonrisa de vendedor de enciclopedias. Asintió y le dio a Tomi quince pastillas. Dos de ellas fueron directamente a la boca, los músculos de su cuerpo dejaron de temblar por placebo, el químico aún no le había llegado al cerebro, pero el estímulo le decía que ya faltaba poco. A su organismo ya no le hacía falta torturarle con el síndrome de abstinencia. La extorsión de su cuerpo se había calmado por otras cinco horas.

         Ambos miraron a la pelea, que ya había atraído a una multitud de curiosos y amigos de cada bando. Desde los balcones más bajos, estrechos, la gente se asomaba en silencio. Él quiso estar así, asomado en silencio desde su estrecho balcón, de puntillas para poder ver a la calle. Tomi desapareció sin despedirse y fue hasta el portón enrejado, apartó la basura y las cucarachas y se perdió en el interior.

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         Puta droga cara, aquellas pequeñas pastillas le arrancaban prácticamente todo el sueldo que no se dejaba en comida, a veces incluso le hacían comprar menos comida. Sostuvo una pastilla en alto, contrastándola con la luz azul fluorescente del techo de su habitación. ¿Por qué tomaba aquella mierda? Le tranquilizaba, le hacía sentir bien y eufórico.

         Probablemente, si su vida no fuera un desastre, no las tomaría. Dejarlas sería tan fácil como dejar de comer sopa de lata y pasta instantánea. Rodó de la cama y se incorporó desde el suelo en un movimiento lento, tuvo que esperar a que el mundo dejase de girar para andar hacia la estrecha ventana del dormitorio. Si se asomaba por encima del aparato de aire oxidado lleno de plumas y mierda de paloma, y miraba en el ángulo correcto entre la rendija formada por dos edificios de la barriada de en frente, podía verla...

         La ciudad, la auténtica ciudad, no los barrios. La ciudad con sus luces brillantes, y el reflejo del muelle en el agua, los altos edificios conectados por pasarelas. Lo que no podía ver eran los controles policiales en las calles de acceso, ni los bastardos pomposos que vivían en aquellas construcciones limpias y nuevas. Esa era la única forma de ver la ciudad y que fuera hermosa, sólo veía los brillos, y nada de lo oscuro.

         Una vez un tipo que trabajaba cambiando cristales le había contado que los edificios eran tan altos que sobrepasaban la capa de niebla y polución, y allí arriba habían azoteas y terrazas con parques, y los edificios se conectaban unos a otros por pasarelas que hacían de calles. Era una ciudad sobre una ciudad. Allí la gente no tenía que vivir sepultada por el cemento, y seguro que nadie se abría la cabeza a botellazos por un Tenerife-Las Palmas.

         Sí, exacto, él no era un tipo vago, ni un auténtico drogadicto. Tomi se drogaba porque era la única manera de hacer aquello soportable. Si dejaba de estar intoxicado las horas que no curraba en el bar empezaba a ver las grietas de las paredes, y a ser consciente de que la mitad de sus amigos habían muerto. Sobrio veía la despensa casi vacía, e incluso entendía las noticias, y ninguna de ellas era buena nunca, nunca... joder. Más gritos en la calle, y las sirenas de la policía.

         Él no era un tipo vago, ni la gente del barrio. Sólo intentaban sobrellevar aquello a su manera, intentaban tener su ciudad sobre la polución del cielo, como buenamente podían. La mayoría se lo curraban y lo soportaban incluso sin pastillas, le daban al futbol, algunos incluso a la esperanza. Setecientos euros en pastillas al mes no era un alquiler tan caro para hacer soportable la vida. Si por él fuera conseguiría un trabajo de verdad, pero no había manera. En la mitad de las entrevistas le echaban por el acento, en la otra mitad por no tener un título... ¿Y cómo se pagaba uno un título de cincuenta mil al año con un sueldo de quince mil? Respuesta corta: No se lo pagaba.

         Tenía que tener cuidado, de una u otra forma con cada nueva pastilla se notaba una milésima más cerca del colapso. Un buen día, tal vez mañana o tal vez dentro de cuarenta años, su cerebro diría basta. Las conexiones de neuronas se cortocircuitarían y sus recuerdos, vivencias, todo lo que era Tomi, desaparecerían engullidos por valores binarios bioquímicos cambiantes, o acabarían deformados creando un mundo irreal imaginario, una sombra del auténtico. Inevitable, algún día su cerebro acabaría destruido por lo mismo que le ayudaba a posponer el suicidio.

         A veces Tomi, entre bajona de una pastilla y antes del subidón de la siguiente, se decía que cambiaría su suerte. Un buen día conseguiría un trabajo decente, dejaría el maldito bar. Se veía a sí mismo yendo a trabajar vestido con un traje muy caro, sonriendo y bien afeitado, y sin ojeras. Sobre todo se veía a sí mismo sin el mono, pasando las noches bebiendo vino sentado en un sofá caro, viendo desde la enorme cristalera de su ático los brillos de su lado de la ciudad y sintiendo una lástima hipócrita por las zonas oscuras y hundidas en el humo gris. Quizás en la escena del vino estaría charlando con alguna chica, una compañera de trabajo, bien vestida y sin la voz ronca de fumadora.

         Sí, algún día lo conseguiría, de alguna manera. Mientras tanto controlaría un poco con las pastillas, sólo las suficientes, las suficientes para que no le temblara todo y para que fuese la vida un pelín soportable. En el fondo, además, las alucinaciones sutiles y el bienestar artificial no estaban tan mal.
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         Le dolía la cabeza todo el tiempo. Un dolor agudo, resaca del vodka barato constante. Pero no podía ser la resaca, porque Tomi no recordaba haber bebido. Jimmy Jazz, el tipo ese tan raro que había estado con él en el instituto... ¿cómo era su nombre? Jimmy... Jimmy Jazz, como la canción de... Tomi estaba seguro de que alguien había hecho una canción sobre Jimmy Jazz, el simpático camello de La Salud. Pues Jimmy Jazz acababa de darle las cuarenta pastillas para tirar un par de días.

         Se sentó en el sofá viejo del salón. Desde la ventana del balcón le llegaba la algarabía habitual del bar. Al mirar hacia el ruido Tomi se fijó en las dos macetas con los helechos desecados y muertos. Le gustaba su balcón, pero tenía la sensación de que era demasiado típico, siniestramente convencional. Cada vez que en el periódico aparecía una foto de algún suceso (un asesinato, un robo o cosas así) Tomi la recortaba si se veía algún edificio con balcones de fondo. El pequeño salón estaba repleto de fotografías recortadas, y él sabía que estaba a punto de conseguir datos suficientes como para empezar a distinguir el patrón en los balcones...

         Tres pastillas, de golpe, y un traguito de vodka para lidiar con la resaca. Tomi se hundió en el sofá y sus manos arrancaron nerviosas pedacitos de la gomaespuma que se escapaba por los rotos de la tela estampada. Necesitaba el subidón, o volvería a pensar en el teléfono que le habían robado, en el sueldo que le volvían a rebajar.

         Jimmy... Jimmy Jazz, alguien tenía que haber escrito una canción sobre él, el tipo se la merecía. Empezó a tararear en su honor. Era buena gente, igual que él. Le asaltó un mareo y las hojas de periódico recortado empezaron a moverse agitadas por el viento, Tomi sintió la brisa, deleitándose con su frescor por un buen rato. Alguien gritó abajo, en el bar, Tomi miró por la ventana del balcón, estaba cerrada.

         “Ya ha pasado” pensó, casi pudo sentir las chispas en el cerebro, el cortocircuito primigenio. Su propia cabeza se lo dijo todo, así iba a ocurrir:

         <<(Con voz de académico) En primer lugar el cerebro saturado de droga de Tomi le devolvería una alucinación subjetiva sobre su propio e inevitable destino. Después un cortocircuito básico, provocado por algún tipo de disociación cognitiva que probablemente ya llevaba un tiempo sufriendo pero era incapaz de detectar, le saturaría un canal lógico de los muchos de su cerebro.

         Pero sólo hacía falta ese pequeño problema, los demás canales lógicos intentarían compensar, también saturados de droga y maltratados durante años. Entonces no podrían resistir el esfuerzo e irían quemándose uno a uno. Poco a poco Tomi se desvanecería hasta dejar de ser Tomi, pero no dejaría de meterse pastillas, ni de ir a trabajar como un autómata, se limitaría a alucinar sobre su propio final, narrado con la voz del doblador de Morgan Freeman, y continuaría su existencia.

         Sólo cuando Tomi estuviera tan jodido como para no ser capaz ni de ir a trabajar alguien daría cuenta a los Servicios Sociales, si no se moría antes de frío, o de hambre. Entonces Tomi terminaría sus días en algún aula de colegio reconvertido en centro de adictos, pero ya haría mucho que no sería Tomi. (Fin de la narración)>>

         ¿Pero en que estaba pensando? Aquella era una de las paranoias dignas de contar a sus amigos en el curro. Tomi no se estaba volviendo loco, ni se estaba yendo a la mierda... De hecho ni siquiera era un drogadicto en el sentido ortodoxo de la palabra. No, que va, él sólo intentaba tirar para adelante.

         Un día, un buen día, cambiaría su suerte. Conseguiría un trabajo decente, dejaría el maldito bar. Se veía a sí mismo yendo a trabajar vestido con un traje muy caro, sonriendo y bien afeitado, y sin ojeras. Sobre todo se veía a sí mismo sin el mono, pasando las noches bebiendo vino, sentado en un sofá caro, viendo desde la enorme cristalera de su ático los brillos de su lado de la ciudad y sintiendo una lástima hipócrita por las zonas oscuras y hundidas en el humo gris. Quizás en la escena del vino estaría charlando con alguna chica, una compañera de trabajo, bien vestida y sin la voz ronca de yonki.

         Sí, algún día lo conseguiría, de alguna manera...