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18 de octubre de 2014
Puedes leer la primera parte de la historia aquí.
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―Despierta―dijo la voz, era una orden. Un pinchazo en el brazo, fuego de mercurio caliente inundó su torrente sanguíneo y le obligó a poner todos los músculos en tensión y a abrir los ojos.

         Dosdientes tosió como si hubiera tragado agua y estornudó, la sangre hirviente le estaba trepando por la base del cráneo para obligar a su cerebro a conectarse. Alguien le sujetaba por los hombros, poco a poco su visión se fue definiendo y trató de poner en orden sus sensaciones. Dolor amortiguado en la cara, frío en la piel y temblor espasmódico en los músculos. Estaba en una sala con suelo y paredes de hormigón iluminada con halógenos blancos. Detrás de ella había alguien, y al intentar moverse notó en las muñecas las sujeciones que le ataban a la silla de cuero pegajosa. Olía un poco a aceite de motor y antiséptico barato, apestaba bastante a ella misma y a la ropa que llevaba tres semanas sin quitarse, pero por encima de todo flotaba un olor que le daba pinchazos a su instinto animal: sangre y miedo, como debía oler un matadero. Vale, oficialmente estaba acojonada, el corazón empezó a golpearle con fuerza en el pecho.

sotano y escaleras


         Buscó con la mirada a sus amigos, pero estaba sola aquella habitación que parecía un zulo muy profundo. Bueno, no estaba sola, era peor.
24 de noviembre de 2013


Llovía, y los truenos retumbaban en el cielo justo sobre la ciudad, confundiéndose con el ruido de las turbinas de los aviones que descendían sobre el aeropuerto en el extrarradio. La gente cruzaba las aceras de la avenida apretando el paso y haciendo equilibrios con paraguas demasiado frágiles para evitar que la espesa cortina de agua les empapara. Los coches detenidos en un semáforo pitaban y pitaban, sus motores generaban una nubecilla de humo que se condensaba con la humedad del aire.

         Ella lo observaba todo desde la penumbra entre los altos edificios de la avenida, a la entrada de uno de los estrechos callejones que desembocaba como afluente a la arteria principal de la ciudad. Los bloques grises grasientos y las carcasas de aparatos de ventilación oxidada le arropaban, casi le rodeaban, protegiéndole un poco del frío. La gente que pasaba por al lado ni siquiera se daba cuenta de que estaba allí, mucho menos de que estaba tiritando. Le dio igual, estaba acostumbrada a que la gente ni le mirase, a sentirse parte del mobiliario urbano, apenas un poco por encima de los bancos del parque en la jerarquía. 



Si la gente reparaba en ella, en el mejor de los casos le miraban por encima del hombro y se apretaban disimuladamente (o no tanto) las carteras en los bolsillos, o los bolsos, o lo que fuera que llevaban y consideraban de valor. Como ejercicio, ella procuraba devolverles la misma indiferencia.