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5 de mayo de 2016
―Al fin despierta―tipos con batas blancas. Blanco aséptico de hospital a mi alrededor.

―¿Despertado de qué? ¿Ustedes quiénes son?―quiero saber.

Dicen que llevo diecisiete años catatónico, sumido en una alucinación vívida. Me desvanezco, una inyección me trae de vuelta. Mis padres llevan muertos diez años. Paga mi reclusión el tío Santiago, al que no recuerdo. Los de blanco dicen que toda mi vida después de la infancia es una gran fantasía psicótica.



―¿Qué coño dicen?―no pregunto cómo me han sacado de casa, ni dónde está Eva?
21 de enero de 2015
         Cuando la camarera dejó el plato sobre la mesa él lo observó como si se tratara de una delicada obra de arte. Aroma y estímulo visual se conjuraron, la boca se le hizo agua tan rápido que a duras penas pudo balbucear un “Gracias” a la chica después de tragar nada. Ray se quedó un segundo pasmado, rojo hasta las orejas, antes de mirar de nuevo a su mesa y olvidarlo todo.

         Trucha con lecho de cebolla caramelizada y piñones silvestres. Miró el ojo del pescado, como siempre decían que debía hacerse. Debía ser fresca, llegada como mucho hacía un par de horas a la lonja del puerto. No le dio más vueltas, hundió cuchillo y tenedor para saborear su premio. Aquello era su recompensa, sí. Siempre celebraba que había terminado un trabajo comiendo trucha de piscifactoría en el único restaurante de la ciudad que la traía fresca y que la preparaba a su gusto. Esbozó una sonrisa, masticando con la boca cerrada, diminutos pedacitos de trucha enredados en su bigote y perilla recortados. Acababa de ganar un millón novecientos mil y lo celebraba con un plato de 55, era un tipo de costumbres sencillas.

nataraja

      Cerró los ojos, estaba deliciosa. El contraste de sabores en el plato era perfecto para él, la suavidad de la textura del pescado tierno con el ligero crujir de los piñones... Se sorprendió a sí mismo en medio del restaurante poniendo una expresión de placer casi obscena. Luego rió, los demás se podían joder, había ganado suficiente como para comprar el garito.
16 de diciembre de 2014
         Un pequeño salto de cuarenta y cinco centímetros de ancho puede resultar espantosamente difícil. Sobre todo si te tropiezas jadeando con el parapeto de hormigón de una azotea. Puede ser aún más jodido cuando esos cuarenta y cinco centímetros están entre edificio y edificio, con una caída de novecientos metros (unos trecientos setenta pisos, más o menos). El espacio, y no sólo el tiempo, resultan relativos para el observador.

hueco edificios

         Aquel pequeño salto era un abismo terrorífico para Lord. Se apoyó contra el muro-al menos su abdomen, que se aplastó sacándole todo el aire de los pulmones-y sus manos se aferraron al hormigón húmedo y pegajoso. Sus ojos miraron al vacío neblinoso y lanzaron una señal de pánico al cerebro. Pero tenía que seguir, a su espalda escuchó los pitidos sintéticos de las radios y el ruido de las botas de puntera metálica que utilizaban los policías.
3 de noviembre de 2014
        ¿De qué color estaba el cielo? A Bill le habría gustado saberlo, pero no podía verlo. Alzó la mirada borrosa entre los edificios y los cables oxidados que saltaban de balcón en balcón, más allá de las letras cirílicas que resplandecían por doquier en las fachadas. Allí arriba lo único que veía era roca negra húmeda, alternada con placas de hormigón reforzado y aluminio que sostenían la Ciudad Alta. Su cielo era gris con luces de balizamiento y rendijas de ventilación, sus nubes volutas de vapor de agua y gasoil.

        Le dolía horrores la cabeza. Estaba tendido en la esquina de un callejón, bañado por la luz verdosa del escaparate de una tienda de electrónica cerrada. Gotitas de agua jabonosa le caían sobre el cabello corto y apelmazado teñido de violeta. Olía a basura, aceite y alcohol etílico. Se incorporó con dificultad y la cabeza le dio vueltas. No recordaba haber llegado allí, pero los dolorosos latidos de la resaca en sus sienes le decían que quizás era mejor no acordarse. Se levantó lentamente como si su cabeza estuviera llena de nitroglicerina, se apoyó en la pared del callejón y se sacudió la ropa intentando adecentarse. Estaba hecho un asco, pero eh... al menos no le dolía el estómago.

capsule hotel


        Bill se colocó bien la chupa de cuero de motorista y se echó sobre la cabeza la capucha de la sudadera gris que llevaba debajo. Empezó a caminar dando patadas a las cajas húmedas y las latas vacías del callejón, con las manos en los bolsillos. Su mente aún estaba en un estado de confusión absoluto, incapaz de recordar dónde estaba, dónde había estado o a dónde debería ir. Sentía un dolor sutil y persistente en la parte trasera del cráneo, extraño. Él era, entre otras cosas, un yonki profesional. Un maestro del arte de ponerse ciego y volver de entre los muertos al día siguiente. Tenía la mente anulada como en una de sus malas resacas, pero el resto del cuerpo sólo estaba aturdido. Salió a las calles saturadas de gente y penumbra perpetua de la Ciudad Baja. No era un lugar oscuro, las vallas publicitarias led, los escaparates, las farolas... había toda clase de fuentes de iluminación.
18 de octubre de 2014
Puedes leer la primera parte de la historia aquí.
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―Despierta―dijo la voz, era una orden. Un pinchazo en el brazo, fuego de mercurio caliente inundó su torrente sanguíneo y le obligó a poner todos los músculos en tensión y a abrir los ojos.

         Dosdientes tosió como si hubiera tragado agua y estornudó, la sangre hirviente le estaba trepando por la base del cráneo para obligar a su cerebro a conectarse. Alguien le sujetaba por los hombros, poco a poco su visión se fue definiendo y trató de poner en orden sus sensaciones. Dolor amortiguado en la cara, frío en la piel y temblor espasmódico en los músculos. Estaba en una sala con suelo y paredes de hormigón iluminada con halógenos blancos. Detrás de ella había alguien, y al intentar moverse notó en las muñecas las sujeciones que le ataban a la silla de cuero pegajosa. Olía un poco a aceite de motor y antiséptico barato, apestaba bastante a ella misma y a la ropa que llevaba tres semanas sin quitarse, pero por encima de todo flotaba un olor que le daba pinchazos a su instinto animal: sangre y miedo, como debía oler un matadero. Vale, oficialmente estaba acojonada, el corazón empezó a golpearle con fuerza en el pecho.

sotano y escaleras


         Buscó con la mirada a sus amigos, pero estaba sola aquella habitación que parecía un zulo muy profundo. Bueno, no estaba sola, era peor.
14 de octubre de 2014
Me va lo retro y además adoro escuchar música mientras escribo. Así que no es de extrañar que periódicamente recorra la red en busca de nuevos grupos que me den el sonido de ambiente exacto para lo que quiero transmitir en ese momento. No hace mucho me encontré con un género nuevo y sólo con el nombre ya me ganó como seguidor: Synth Horror and Sci-Fi. Música que podría salir de la zona más oscura de cualquier videoteca de los ochenta, reimaginada en el contexto actual.

Y si con esto no les ha picado la curiosidad, adjunto un video con enlace al Album de Perturbator "Terror 404"



Y tú, ¿qué música escuchas mientras escribes/lees?
2 de septiembre de 2014
Este pequeño texto (no quiero llamarlo relato) surgió después de probar a hacer un juego de escritura creativa. La música que sonaba de fondo sin duda condicionó las frases que me salieron, y mi amor por el género terminó de hacer el resto.

Cómo único apunte, creo que este es el primer texto publicado en el blog, hasta la fecha, justo después su creación. Sin revisiones previas, sin releerlo mil veces, vamos... podría decirse que en caliente. Así que [ADVERTENCIA]podría haber faltas de ortografía, incluso errores garrafales[ADVERTENCIA] Me he obligado a no decidir si estoy contento o no con el resultado, y el único propósito de la publicación es demostrar que se pueden hacer esta clase de cosas, y pueden resultar divertidas.

24 de noviembre de 2013


Llovía, y los truenos retumbaban en el cielo justo sobre la ciudad, confundiéndose con el ruido de las turbinas de los aviones que descendían sobre el aeropuerto en el extrarradio. La gente cruzaba las aceras de la avenida apretando el paso y haciendo equilibrios con paraguas demasiado frágiles para evitar que la espesa cortina de agua les empapara. Los coches detenidos en un semáforo pitaban y pitaban, sus motores generaban una nubecilla de humo que se condensaba con la humedad del aire.

         Ella lo observaba todo desde la penumbra entre los altos edificios de la avenida, a la entrada de uno de los estrechos callejones que desembocaba como afluente a la arteria principal de la ciudad. Los bloques grises grasientos y las carcasas de aparatos de ventilación oxidada le arropaban, casi le rodeaban, protegiéndole un poco del frío. La gente que pasaba por al lado ni siquiera se daba cuenta de que estaba allí, mucho menos de que estaba tiritando. Le dio igual, estaba acostumbrada a que la gente ni le mirase, a sentirse parte del mobiliario urbano, apenas un poco por encima de los bancos del parque en la jerarquía. 



Si la gente reparaba en ella, en el mejor de los casos le miraban por encima del hombro y se apretaban disimuladamente (o no tanto) las carteras en los bolsillos, o los bolsos, o lo que fuera que llevaban y consideraban de valor. Como ejercicio, ella procuraba devolverles la misma indiferencia.
4 de octubre de 2013

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         Hacía un calor infernal, no soplaba el viento y parecía que el mismo aire estaba hirviendo. El sol caía a plomo sobre las casas grises y las calles desiertas, el polvo llegado desde el Sahara tupía la atmósfera dándole al cielo un color beige. Al este apenas podían distinguirse en el horizonte los altos edificios apelotonados de la capital, el mar más allá era un sutil trazo de azul titilante tras la capa de tierra marrón y contaminación del aire.

Cuando Ann jadeaba tratando de introducir aire en sus pulmones lo que entraba era vapor caliente con sabor a tierra seca. Se detuvo y bajó la vista, tratando de salvar sus ojos de la luz cegadora. Se fijó en una brizna amarillenta que salía de una grieta del asfalto bajo sus botas marrones, sucias y maltratadas, como la brizna. Las grietas del asfalto y la acera estaban salpicadas de esqueletos resecos y amarillentos de las malas hierbas.
18 de septiembre de 2013
         Tomi pensó que su casa era bastante típica, era el máximo exponente de la vivienda obrera de suburbio del Siglo XXI. Casi como una conspiración, ¿no? El típico tío llamado Tomás, que vivía en la típica casa en La Salud, nombre, por otro lado, bastante irónico. Le parecían curiosos algunos nombres, a Tomi. ¿La Salud? No muy salubre, ¿El barrio de la Alegría? Joder, que no le hicieran hablar de eso...

         Se estaba perdiendo, ¿en qué pensaba? Ah sí, ya. La manida conspiración que a veces elucubraba. Le ocurría sobretodo en momentos como aquel, cuando desde la calle miraba su pequeño balcón. Era un segundo piso. El balcón, estrecho, parecía incrustado en una esquina de la casa: Una balaustrada de plástico opaco que imitaba cristal, reforzada con rejas, clavado todo en ángulo agudo entre dos paredes exteriores que distaban metro y medio la una de la otra, la reja era tan alta que impedía asomarse para mirar. La pintura exterior del edificio era gris, pero daba la impresión de haber sido de un azul vivo y alegre en algún momento, alrededor de los ochenta probablemente. Los balcones se amontonaban uno encima del otro casi aplastándose, negándose la luz, hasta perderse en la neblina que ocultaba los edificios más allá del décimo-primero.

         Él había puesto plantas. Un par de maceteros de barro cocido rojos, sucios, albergaban unos helechos mustios y amarillentos que daban un toque de alegría al pequeño balcón, tan estrecho que ni siquiera podía meter la bicicleta. Lo había intentado una vez, luego había tenido que dejarla en la calle y se la robaron.

         Alguien rompió una botella contra el asfalto, se alzaron los gritos. Tomi se encogió en el muro junto a la calle y miró para otra parte. En el bar de en frente, uno de esos bares que siempre estaban abiertos y olían a puro y a cerveza, dos tipos estaban ajustándose las cuentas. “Probablemente por alguna discusión de futbol, pobres hijos de puta” pensó él, apuró otra calada de su cigarrillo y se miró la mano temblorosa. No le gustaba estar en la calle, la calle daba asco, era triste, los edificios de balcones estrechos y paredes grises parecían inclinarse sobre él, sepultarlo y ocultar todo lo demás de su vista. Los cables negros y pardos se enredaban entre los aparatos de ventilación oxidados y crecían como lianas sobre su cabeza... era deprimente.

         Jimmy Jazz apareció por el lado opuesto de la calle, desde la oscuridad (aquel tramo de farolas llevaba sin arreglar desde el año pasado) con una sudadera negra y la capucha sobre la cabeza, pese al calor. Llegaba tarde, el cabrón. Tomi quiso decirle algo, pero la euforia de verle le quitó toda actitud crítica.

―Tomi, amigo, ¿qué tal? Perdona por tardar, pero la policía está un poco paranoica últimamente, que cosas―miró la pelea, sus ojos brillaron por un segundo reflejando la luz de un cartel halógeno―Y estarán aquí en seguida, pero esos les distraerán.

         Jimmy Jazz era un camello de poca monta, uno de esos amigos que ves cuatro años después de dejar la secundaria y de pronto está pasando dextroanfetamina. Bueno, igual no era una historia tan común en otras partes, pero en los barrios obreros de la capital parecía de libro. A Tomi su mote le parecía una mierda, pero no le gustaba que le llamasen Pedrito en público.

―¿Cuanto quieres, coleguita?―sacó una bolsa de plástico repleta de pastillas blancas pequeñas, sin marca, y adoptó una expresión extática―Estas son geniales, se las pillé a un tío de Estocolmo, en el Sur... nunca he probado nada igual...

         Tomi le miró, sonriendo. Ya claro, el capullo seguro que ni las había probado, ¿Estocolmo? ¿Qué sería lo próximo? Todos los camellos tenían algo de embaucador, obviamente, y Jimmy Jazz, Pedrito, no era distinto. Pero era un colega, pasaba a buen precio y no te la jugaba demasiado, sería incapaz de vender tu pellejo a un precio bajo, y eso era algo difícil de decir de otra gente.

―Déjame quince pastillas―Tomi sacó un billete arrugado de cincuenta―fíame los otros cuarenta.

         Jimmy Jazz pareció pensárselo un segundo, después asintió y colocó de nuevo su sonrisa de vendedor de enciclopedias. Asintió y le dio a Tomi quince pastillas. Dos de ellas fueron directamente a la boca, los músculos de su cuerpo dejaron de temblar por placebo, el químico aún no le había llegado al cerebro, pero el estímulo le decía que ya faltaba poco. A su organismo ya no le hacía falta torturarle con el síndrome de abstinencia. La extorsión de su cuerpo se había calmado por otras cinco horas.

         Ambos miraron a la pelea, que ya había atraído a una multitud de curiosos y amigos de cada bando. Desde los balcones más bajos, estrechos, la gente se asomaba en silencio. Él quiso estar así, asomado en silencio desde su estrecho balcón, de puntillas para poder ver a la calle. Tomi desapareció sin despedirse y fue hasta el portón enrejado, apartó la basura y las cucarachas y se perdió en el interior.

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         Puta droga cara, aquellas pequeñas pastillas le arrancaban prácticamente todo el sueldo que no se dejaba en comida, a veces incluso le hacían comprar menos comida. Sostuvo una pastilla en alto, contrastándola con la luz azul fluorescente del techo de su habitación. ¿Por qué tomaba aquella mierda? Le tranquilizaba, le hacía sentir bien y eufórico.

         Probablemente, si su vida no fuera un desastre, no las tomaría. Dejarlas sería tan fácil como dejar de comer sopa de lata y pasta instantánea. Rodó de la cama y se incorporó desde el suelo en un movimiento lento, tuvo que esperar a que el mundo dejase de girar para andar hacia la estrecha ventana del dormitorio. Si se asomaba por encima del aparato de aire oxidado lleno de plumas y mierda de paloma, y miraba en el ángulo correcto entre la rendija formada por dos edificios de la barriada de en frente, podía verla...

         La ciudad, la auténtica ciudad, no los barrios. La ciudad con sus luces brillantes, y el reflejo del muelle en el agua, los altos edificios conectados por pasarelas. Lo que no podía ver eran los controles policiales en las calles de acceso, ni los bastardos pomposos que vivían en aquellas construcciones limpias y nuevas. Esa era la única forma de ver la ciudad y que fuera hermosa, sólo veía los brillos, y nada de lo oscuro.

         Una vez un tipo que trabajaba cambiando cristales le había contado que los edificios eran tan altos que sobrepasaban la capa de niebla y polución, y allí arriba habían azoteas y terrazas con parques, y los edificios se conectaban unos a otros por pasarelas que hacían de calles. Era una ciudad sobre una ciudad. Allí la gente no tenía que vivir sepultada por el cemento, y seguro que nadie se abría la cabeza a botellazos por un Tenerife-Las Palmas.

         Sí, exacto, él no era un tipo vago, ni un auténtico drogadicto. Tomi se drogaba porque era la única manera de hacer aquello soportable. Si dejaba de estar intoxicado las horas que no curraba en el bar empezaba a ver las grietas de las paredes, y a ser consciente de que la mitad de sus amigos habían muerto. Sobrio veía la despensa casi vacía, e incluso entendía las noticias, y ninguna de ellas era buena nunca, nunca... joder. Más gritos en la calle, y las sirenas de la policía.

         Él no era un tipo vago, ni la gente del barrio. Sólo intentaban sobrellevar aquello a su manera, intentaban tener su ciudad sobre la polución del cielo, como buenamente podían. La mayoría se lo curraban y lo soportaban incluso sin pastillas, le daban al futbol, algunos incluso a la esperanza. Setecientos euros en pastillas al mes no era un alquiler tan caro para hacer soportable la vida. Si por él fuera conseguiría un trabajo de verdad, pero no había manera. En la mitad de las entrevistas le echaban por el acento, en la otra mitad por no tener un título... ¿Y cómo se pagaba uno un título de cincuenta mil al año con un sueldo de quince mil? Respuesta corta: No se lo pagaba.

         Tenía que tener cuidado, de una u otra forma con cada nueva pastilla se notaba una milésima más cerca del colapso. Un buen día, tal vez mañana o tal vez dentro de cuarenta años, su cerebro diría basta. Las conexiones de neuronas se cortocircuitarían y sus recuerdos, vivencias, todo lo que era Tomi, desaparecerían engullidos por valores binarios bioquímicos cambiantes, o acabarían deformados creando un mundo irreal imaginario, una sombra del auténtico. Inevitable, algún día su cerebro acabaría destruido por lo mismo que le ayudaba a posponer el suicidio.

         A veces Tomi, entre bajona de una pastilla y antes del subidón de la siguiente, se decía que cambiaría su suerte. Un buen día conseguiría un trabajo decente, dejaría el maldito bar. Se veía a sí mismo yendo a trabajar vestido con un traje muy caro, sonriendo y bien afeitado, y sin ojeras. Sobre todo se veía a sí mismo sin el mono, pasando las noches bebiendo vino sentado en un sofá caro, viendo desde la enorme cristalera de su ático los brillos de su lado de la ciudad y sintiendo una lástima hipócrita por las zonas oscuras y hundidas en el humo gris. Quizás en la escena del vino estaría charlando con alguna chica, una compañera de trabajo, bien vestida y sin la voz ronca de fumadora.

         Sí, algún día lo conseguiría, de alguna manera. Mientras tanto controlaría un poco con las pastillas, sólo las suficientes, las suficientes para que no le temblara todo y para que fuese la vida un pelín soportable. En el fondo, además, las alucinaciones sutiles y el bienestar artificial no estaban tan mal.
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         Le dolía la cabeza todo el tiempo. Un dolor agudo, resaca del vodka barato constante. Pero no podía ser la resaca, porque Tomi no recordaba haber bebido. Jimmy Jazz, el tipo ese tan raro que había estado con él en el instituto... ¿cómo era su nombre? Jimmy... Jimmy Jazz, como la canción de... Tomi estaba seguro de que alguien había hecho una canción sobre Jimmy Jazz, el simpático camello de La Salud. Pues Jimmy Jazz acababa de darle las cuarenta pastillas para tirar un par de días.

         Se sentó en el sofá viejo del salón. Desde la ventana del balcón le llegaba la algarabía habitual del bar. Al mirar hacia el ruido Tomi se fijó en las dos macetas con los helechos desecados y muertos. Le gustaba su balcón, pero tenía la sensación de que era demasiado típico, siniestramente convencional. Cada vez que en el periódico aparecía una foto de algún suceso (un asesinato, un robo o cosas así) Tomi la recortaba si se veía algún edificio con balcones de fondo. El pequeño salón estaba repleto de fotografías recortadas, y él sabía que estaba a punto de conseguir datos suficientes como para empezar a distinguir el patrón en los balcones...

         Tres pastillas, de golpe, y un traguito de vodka para lidiar con la resaca. Tomi se hundió en el sofá y sus manos arrancaron nerviosas pedacitos de la gomaespuma que se escapaba por los rotos de la tela estampada. Necesitaba el subidón, o volvería a pensar en el teléfono que le habían robado, en el sueldo que le volvían a rebajar.

         Jimmy... Jimmy Jazz, alguien tenía que haber escrito una canción sobre él, el tipo se la merecía. Empezó a tararear en su honor. Era buena gente, igual que él. Le asaltó un mareo y las hojas de periódico recortado empezaron a moverse agitadas por el viento, Tomi sintió la brisa, deleitándose con su frescor por un buen rato. Alguien gritó abajo, en el bar, Tomi miró por la ventana del balcón, estaba cerrada.

         “Ya ha pasado” pensó, casi pudo sentir las chispas en el cerebro, el cortocircuito primigenio. Su propia cabeza se lo dijo todo, así iba a ocurrir:

         <<(Con voz de académico) En primer lugar el cerebro saturado de droga de Tomi le devolvería una alucinación subjetiva sobre su propio e inevitable destino. Después un cortocircuito básico, provocado por algún tipo de disociación cognitiva que probablemente ya llevaba un tiempo sufriendo pero era incapaz de detectar, le saturaría un canal lógico de los muchos de su cerebro.

         Pero sólo hacía falta ese pequeño problema, los demás canales lógicos intentarían compensar, también saturados de droga y maltratados durante años. Entonces no podrían resistir el esfuerzo e irían quemándose uno a uno. Poco a poco Tomi se desvanecería hasta dejar de ser Tomi, pero no dejaría de meterse pastillas, ni de ir a trabajar como un autómata, se limitaría a alucinar sobre su propio final, narrado con la voz del doblador de Morgan Freeman, y continuaría su existencia.

         Sólo cuando Tomi estuviera tan jodido como para no ser capaz ni de ir a trabajar alguien daría cuenta a los Servicios Sociales, si no se moría antes de frío, o de hambre. Entonces Tomi terminaría sus días en algún aula de colegio reconvertido en centro de adictos, pero ya haría mucho que no sería Tomi. (Fin de la narración)>>

         ¿Pero en que estaba pensando? Aquella era una de las paranoias dignas de contar a sus amigos en el curro. Tomi no se estaba volviendo loco, ni se estaba yendo a la mierda... De hecho ni siquiera era un drogadicto en el sentido ortodoxo de la palabra. No, que va, él sólo intentaba tirar para adelante.

         Un día, un buen día, cambiaría su suerte. Conseguiría un trabajo decente, dejaría el maldito bar. Se veía a sí mismo yendo a trabajar vestido con un traje muy caro, sonriendo y bien afeitado, y sin ojeras. Sobre todo se veía a sí mismo sin el mono, pasando las noches bebiendo vino, sentado en un sofá caro, viendo desde la enorme cristalera de su ático los brillos de su lado de la ciudad y sintiendo una lástima hipócrita por las zonas oscuras y hundidas en el humo gris. Quizás en la escena del vino estaría charlando con alguna chica, una compañera de trabajo, bien vestida y sin la voz ronca de yonki.

         Sí, algún día lo conseguiría, de alguna manera...