3 de enero de 2014
16:02
Es un postulado bien mascado por todos
ese de que “La energía
no se crea ni se destruye, sólo se transforma” después, según lo mucho que nos curráramos la física
de Bachillerato, sigue una retahíla sobre Mecánica y Termodinámica. Esta breve
historia comienza en un mundo bastante regido por estos principios aparentes, y
del que sus habitantes han sabido sacar bastante provecho en beneficio propio.
En una parada de guaguas ligeramente vandalizada del extrarradio alguien
estaba plantado esperando, contra todo pronóstico, la guagua. Era un tipo
corriente, él mismo se consideraba corriente, encogido al frío mañanero en su
chaqueta gris. Le daba un poco de reparo sentarse en el banco lleno de chicles
pegados y además tenía miedo de que las articulaciones de las rodillas,
heladas, se le encasquillasen en la posición de sentado y perdiera el
transporte público, que no era demasiado regular, ni puntual, ni público, joder,
que costaba un euro quince.
Etiquetas:relato-corto
24 de noviembre de 2013
19:27
Llovía, y
los truenos retumbaban en el cielo justo sobre la ciudad, confundiéndose con el
ruido de las turbinas de los aviones que descendían sobre el aeropuerto en el
extrarradio. La gente cruzaba las aceras de la avenida apretando el paso y
haciendo equilibrios con paraguas demasiado frágiles para evitar que la espesa
cortina de agua les empapara. Los coches detenidos en un semáforo pitaban y
pitaban, sus motores generaban una nubecilla de humo que se condensaba con la
humedad del aire.
Ella lo observaba todo desde la
penumbra entre los altos edificios de la avenida, a la entrada de uno de los
estrechos callejones que desembocaba como afluente a la arteria principal de la
ciudad. Los bloques grises grasientos y las carcasas de aparatos de ventilación
oxidada le arropaban, casi le rodeaban, protegiéndole un poco del frío. La
gente que pasaba por al lado ni siquiera se daba cuenta de que estaba allí,
mucho menos de que estaba tiritando. Le dio igual, estaba acostumbrada a que la
gente ni le mirase, a sentirse parte del mobiliario urbano, apenas un poco por
encima de los bancos del parque en la jerarquía.
Si
la gente reparaba en ella, en el mejor de los casos le miraban por encima del
hombro y se apretaban disimuladamente (o no tanto) las carteras en los bolsillos,
o los bolsos, o lo que fuera que llevaban y consideraban de valor. Como
ejercicio, ella procuraba devolverles la misma indiferencia.
Etiquetas:arcana,ficción,noir,relato-corto
5 de noviembre de 2013
10:54
Varias cosas, la primera y más importante es mi aparente (vale, real) retraso a la hora de seguir publicando contenido en el blog. La segunda es sobre el cierre y fin de la primera encuesta, algo de lo que me temo también voy a hablar un poco tarde. Pero como dijo ese gracioso controlador del muelle en Cazafantasmas 2: "no sé, es mejor tarde que nunca"
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